sábado, 18 agosto 2018
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Memorias de un hombre cualquiera

Pablo Picasso dijo que uno empieza a ser joven a la edad de sesenta y que entonces ya es demasiado tarde. Demasiado tarde, ¿para qué, don Pablo? Es que cumplí el pasado 11 de enero los sesenta...

26 ene 2018 / 22:19 h - Actualizado: 26 ene 2018 / 22:22 h.

Una manera de mantenerse joven es mentir sobre la edad que tienes y ser un viejo lozano. Siempre me quitaba un año cuando alguien me preguntaba la edad, pero un día entendí que era una solemne tontería y dejé de hacerlo. De niño se me metió en la cabeza que moriría con la edad que falleció mi padre, la de Cristo, y a lo mejor era ese el motivo de quitarme siempre un año, como no queriendo cumplir nunca 33. Conforme se iba acercando la fecha de ese temido cumpleaños me ponía cadavérico, o sea, con más mala cara que un chino ahorcado, sin ganas de comer ni de salir de casa a disfrutar con los amigos.

Me atormentaba también no saber cómo sería mi temprana muerte, si de un infarto en casa mientras hacía el amor con seis cubatas en el cuerpo o en accidente de coche yendo o viniendo de algún festival de flamenco por esos pueblos de Dios. A veces me elevaba en sueños y veía mi cuerpo desde cierta altura, unas veces en una cuneta de alguna carretera y otras colgado en un olivo. Llegué a obsesionarme con la muerte, sinceramente, y nunca he llegado a entender por qué razón. Así que cuando llegó el 11 de enero de 1991 y comprobé que La Pálida no había venido a por mí a los 33 años, decidí dejar de decir que era más joven de lo que en realidad era.

Pablo Picasso dijo que uno empieza a ser joven a la edad de sesenta y que entonces ya es demasiado tarde. Demasiado tarde, ¿para qué, don Pablo? Es que cumplí el pasado 11 de enero los sesenta y, superado ya el trauma del cambio de los dos dígitos, estoy fenomenal. Incluso me hice una analítica completa y al recoger los resultados me dijo mi médica que estaba hecho un toro. Tengo un pelín de colesterol del chungo, supongo que de los mostitos y los chuletones de Ávila, pero estoy bien en general. Bien y sin ganas de morirme, que también pasé ya esa fase, la de querer abandonar este mundo al que me costaba habituarme porque no era fácil de entender.

El otro día hablé con un cantaor de moda que un día me deseó la muerte. Sí, nada menos que la muerte. Y no me la deseó por seguiriyas gitanas, que hubiese sido lo suyo, unas seguiriyas de aquellas que cantaba Manuel Torres con la voz desnudada y nasal que le partía el alma a Ignacio Sánchez Mejías:

Cuando yo muera,

te dejo un encargo.

Que con las trenzas,

de tu pelito negro

me amarren las manos.

Cuando alguien te desea la muerte, es sabido que te alarga la vida, así que a este cantaor le ha salido el tiro por la culata, y nunca mejor dicho porque es de armas tomar. Que se joda, porque me han entrado unas ganas enormes de vivir y cuando me levanto ya no viene cada mañana a mi balcón un pájaro triste para alegrarme, sino para felicitarme. Así que acabo de cumplir sesenta años, seis veces diez, y estoy feliz. Un poco preocupado por la pensión que me tienen reservada los que nos diseñan la vida, con la que no tendré ni para pagar el entierro, pero feliz. Siempre podré buscar espárragos y rifarlos por los bares de Mairena del Alcor o escribir mis memorias, que aunque no se vendan, joderán a más de uno. «Memorias de un hombre cualquiera», ¿les gusta el título?

Llevo casi seis meses sin fumarme un cigarro y tomé la decisión de dejar de fumar porque hace justamente ese tiempo que me entraron unas ganas locas de vivir más años. Recuerdo que estaba pasando frío y más aburrido que una ostra en un festival de flamenco de El Viso del Alcor, quemando tabaco como un carrero y tosiendo fuera de compás, y me dije, se acabó, esto me está matando y quiero y necesito vivir más años, porque la vida, esa vida mía preñada de miedos y complejos, en busca siempre de una felicidad enaltecida, es bella y merece la pena. A pesar de los que nos la amargan cada día, esos a los que les pagamos el sueldo para que solucionen nuestros problemas y que lo que hacen es crearlos para que al pedirles la solución entendamos lo necesarios que son.

Sesenta años y sin vender una escoba. Esto solía decir un viejo de Palomares del Río cada vez que cumplía años. Y su mujer, para animarlo, le decía: «Mejor hubiéramos criado sesenta cochinos gordos». ¿Maltrato psicológico? Dejémoslo ahí. Sin vender una escoba, ¿qué significaba eso? Nadie se va de este mundo con todos los sueños cumplidos, porque además sería un rollo. Los sueños están para que no se cumplan, al menos algunos. Yo, por ejemplo, era un niño soñador que no entendí nunca por qué era pobre, algo de lo que me di cuenta cuando tuvimos televisión en casa y vi cómo vivían algunos afortunados de fuera. Hasta entonces no supe que era pobre, porque en Palomares no había niños ricos y no podía comparar. Si no tenía pelota me la hacía de trapo, y punto. O le ponía un corcho a una botella de plástico, de las del aceite, para pegarle patadas en la carretera.

Mis sueños no eran de grandezas, sino sencillos. Una noche soñé que le regalaba una bicicleta vieja a mi abuelo Manuel, el padre de mi madre, que no sé por qué nunca tuvo una. Y otra, que Gento y Amancio se llegaban por fin a Palomares a conocer a mi hermano Antonio, que soñaba con ellos una noche sí y la otra también. Y en eso ando todavía, soñando con cosas sencillas, con caricias sinceras y miradas tiernas, y con cantaores que no me deseen la muerte con una seguiriya gaché y atravesada, sino con una que rompa los huesos. Aunque ya no me quiero morir, que quede claro. Ni hablar del peluquín.


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