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La Tostá

Mi etapa de carterista

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
16 abr 2019 / 07:39 h - Actualizado: 15 abr 2019 / 21:57 h.
  • Mi etapa de carterista

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Cuando tenía 20 años recibí una tentadora oferta de un conocido carterista de Sevilla. A pesar de que trabajaba en una contrata de Sevillana de Electricidad, Alboaire, donde ganaba un pastón haciendo calicatas y abriendo las aceras para arreglar averías, aquel mangante me eligió para que formara parte de su equipo, quizá porque ya entonces medía casi dos metros y estaba fuerte de utilizar la maza, el pico y la pala. Mi trabajo consistiría en evitar que alguien le pudiera romper la cara o algo peor, si era descubierto por la víctima del robo. Una especie de guardaespaldas. El carterista vivía solo de lo que ganaba en Semana Santa y Feria, una fortuna. En un solo día podía robar quince o veinte carteras y llevarse a casa cien mil pesetas de las de entonces, que no las ganaba un albañil en seis meses.

Naturalmente, rechacé su oferta porque tenía trabajo y, sobre todo, porque jamás he hecho nada que esté fuera de la ley. Bueno, sí. Siendo un niño robé una pera en dulce en Palomares, del carro de un turronero ambulante, me trincó Manolito el Municipal y me hicieron sudar sangre entre los dos. Sin haber aceptado tan tentadora oferta del carterista, un día me vi metido en una pelea durante la Semana Santa de hará unos vente años. Estaba tan tranquilo viendo pasar al Cachorro por la calle Castilla, camino del Altozano, cuando observé que un señor de unos sesenta años y de una corpulencia tremenda, con una espalda tipo ropero empotrado de tres puertas, golpeaba a un pobre muchacho que sangraba por la nariz y pedía ayuda de una manera conmovedora.

No lo dudé y me lancé a por el señor, con el que tuve que forcejear bastante para reducirlo, y el muchacho escapó corriendo hacia la calle Procurador. Entonces, otro hombre acudió a separarnos y al grito de “¡Este es su compinche!”, me pegó dos tres bofetadas en la cara que me dejó atontado. Resulta que el muchacho al que quise defender era un conocido carterista de San Juan de Aznalfarache y que creyeron que era de su equipo. No me lo podía creer. Lo que me costó convencerlos de que no tenía nada que ver con el carterista, que no era su compinche. Incluso tuve que enseñarles a los policías locales mi carné de identidad y decirles que era periodista de El Correo.

Uno de los policías era de Coria del Río, admirador de Pastora Soler, la cantante coriana, a la que yo había criticado en un ciclo de la copla celebrado en el Lope de Vega de Sevilla, por salir al escenario ligera de ropa, en vez de con bata de cola y abanico. ¿Entonces tú eres el que criticó a Pastora Soler el otro día en El Correo? No me extraña que seas carterista, porque no sabes de copla ni de flamenco”. ¡Me quería morir, Dios! Menos mal que se acercó el Cachorro a donde estábamos y, sin ser muy creyente, le pedí por favor que mediara en el asunto. Algo haría, porque uno de los policías me dijo que me quitara de allí enseguida, que habían comprobado mi documentación y que estaba todo correcto. El destino nos sorprende a veces.

Estaba predestinado que fuera algún día el compinche de un carterista al que no volví a ver jamás, luego se quedó con mi comisión y encima me pusieron la cara como una sandía de Almensilla. Más de cien carteristas andan ya por Sevilla estos días a la caza de billeteras preñadas de billetes. Ándense con cuidado.


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