domingo, 15 septiembre 2019
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Mi lobo

A veces puede darnos la sensación de que hay capítulos que es mejor saltar porque no son precisamente agradables, pero créeme si te digo que están ahí por algo

María Graciani m_graciani /
12 may 2018 / 19:06 h - Actualizado: 12 may 2018 / 21:14 h.
  • Mi lobo

Mi padre dice que la vida son etapas, aunque a veces cuesta pasar de capítulo. Como ya sabrás, a estas alturas de la película, en el libro de la vida hay de todo (como en botica): capítulos alegres, capítulos llenos de sorpresas, capítulos tristes, capítulos cuyo protagonista es el esfuerzo, capítulos a lo Indiana Jones... Pero ten la certeza de que ningún capítulo está huérfano de su correspondiente lección.

A veces, puede darnos la sensación de que hay capítulos que es mejor saltar porque no son precisamente agradables, pero creéme si te digo que están ahí por algo, posiblemente la enseñanza que encierre esa vivencia se convierta para ti en una valiosa experiencia que puedas aplicar en tu presente y en tu futuro. En otras ocasiones, podemos estar tentados de irnos directamente al final de la historia, para mitigar la curiosidad de saber cómo acaba, pero... ¡ah amigo! eso se descubre durante el camino, porque irte directamente para la última hoja, ¡es señal de que no te mojas! y la vida está hecha para mojarse y refrescarse a base de bien... Si aceptas un pequeño consejo, te diré que nunca empieces una historia por el final porque si no, al ver «la que te queda», tu acción se congela y las ruedas del aprendizaje no circulan, se quedan quietas en el garaje... Y es que para vivir (vivir con calidad) ¡hace falta coraje!, ten presente que todos llegamos y nos vamos sin equipaje pero, si aprovechamos bien nuestros capítulos, tenemos la oportunidad de hacer equipo, de escribir una buena historia (de estas quitan el hipo) y de dejar un legado: un aporte de valor a una persona, incluso a la sociedad y al mundo que, aunque tú ya no estés, permanece.

Esta semana me ha tocado vivir un capítulo triste: me ha tocado despedirme de Burque, mi collie de 11 años. Mi lobo (como me gustaba llamarlo cariñosamente) siempre ha tenido la habilidad de multiplicar la alegría de los buenos capítulos de mi vida y la comprensión y el cariño necesarios para mitigar los más amargos. Si alguna vez has tenido mascota, sabrás de lo que te hablo (y si no, voy a intentar transmitírtelo lo mejor que pueda), son los mejores compañeros de equipo, con mi lobo sentía que podía jugar en la liga de las estrellas.

La vida esta hecha con los ingredientes de los momentos que decidimos crear a diario. Si hubiese sabido el final de esta historia, la hubiera vivido igualmente porque con mi lobo he vivido muchos de mis mejores momentos: momentos llenos de risas, de ocurrencias, de ternura, de aventuras, de locuras... Uno de mis momentos favoritos del día era justamente éste: cuando me sentaba en el sofá a escribir y él se subía a mi lado, la mayoría de las veces apoyando su morro en el teclado, reclamando ser el único foco de mi atención y propiciando que desarrollase la simpática habilidad de escribir con una mano. Gracias a mi «LOBO», descubrí los LOgros de la BOndad: era tan genuínamente genoroso y estaba tan dedicado a mí que consiguió enriquecer mi mundo interior y exterior en muchos niveles; Burque tenía una clase de entrega tan incondicional, desinteresada y auténtica que, irremediablemente, a su lado mejorabas como persona; mi lobo era bueno en el pleno sentido del término.

Como decía la letra de Seguridad Social: «Quiero tener tu presencia, quiero que estés a mi lado. No quiero hablar del futuro, no quiero hablar del pasado», mi naturaleza humana, por momentos egoísta, me hace buscarlo con la mirada, quiero verlo, tocarlo, echo de menos ese morro en el ordenador... No es sencillo cerrar un capítulo tan importante de mi vida; no es nada fácil decir «adiós» a alguien que te ha importado tanto, que ha sabido darse a sí mismo durante toda su existencia sin esperar otro pago que mi propia felicidad, alguien a quien has querido tanto... No te equivoques, la solución no es dejar de querer porque así viviríamos una existencia miserable en «modo amargao», eso es como estar por la noche con todo «apagao» con tal de ahorrar, al final te la pegarás... En nuestro día a día necesitamos luz, la realidad es que no hay «solución», es decir, es irremediable sentir tristeza por una pérdida (si fuéramos de goma, no sentiríamos nada, mala señal...) pero si hay una certeza: es mejor haber querido y perdido que no haber querido nunca, no me cabe la menor duda. Quiere todo lo que puedas (a tu mascota, a tus padres, hermanos, pareja, hijos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo...) porque ¡es lo único que te llevas y dejas aquí después de partir, colega!

La vida tiene fecha de caducidad pero el cariño es eterno. Por todo el que deja aquí mi lobo, él siempre estará presente. Gracias, Burque.


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