domingo, 15 septiembre 2019
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Mi Sevilla del 15 de agosto

17 ago 2018 / 21:03 h - Actualizado: 17 ago 2018 / 23:41 h.

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Acudí en bicicleta a mi cita con la Virgen y mientras caminaba por Tetuán con ella al lado, como mandan los cánones del civismo ciclista, una mañana fresca amanecía recibiéndome sin sol, como si Turner se hubiese acercado a plasmarlo. Los presentes copaban poco a poco la Plaza Nueva en dirección a la Catedral, cada vez más presentes y cada vez más variopintos, algo que a los rancios y rancias molesta en demasía. El postureo es imprescindible para entender esta ciudad, preocupada innecesariamente en debates como que la procesión de la patrona esté perdiendo pureza. Personalmente, cada quince de agosto, con el alma y el espíritu de vacaciones, me dejo engatusar por esta Sevilla mía tan lejana a encasillamientos. Esa que con cara de sueño se asoma a sí misma mientras a contraluz asoma la silueta de la sonriente dama del sevillano nombre, quien sentada bajo un palio de tumbilla con su niño en brazos, se dispone con puntualidad hispalense a pasearse por unas calles que a esas horas, son afluentes de un río pasional en cuya desembocadura esperan la torre altiva, el repicar a campanas de gloria y la nostalgia. Somos muchos los sevillanos que con el vértigo de los años acudimos a esa cita para volver a nosotros mismos, a escuchar con los ojos bien abiertos esas leyendas que nos contaron de niños; la de aquel resplandor que se filtraba por debajo de la puerta donde esos artistas anónimos dejaban la imagen que el Rey imaginaba mientras dormía. Esa es mi Sevilla del 15 de agosto, el reencuentro con mi infancia y el reconocimiento a mi propio nombre, donde cabe Sevilla entera. Enorme privilegio el mío. ~


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