martes, 17 septiembre 2019
12:00
, última actualización

Mírelo bien

El cartel del Rocío de la hermandad de Sevilla crea polémica por la ausencia del Niño Jesús

26 abr 2018 / 23:10 h - Actualizado: 27 abr 2018 / 12:02 h.
  • Mírelo bien

Se estila mucho eso de estirar la crítica hasta el límite de lo absurdo. La búsqueda eterna del conflicto y la necesidad constante de apostillar son hábitos forzados cada vez más comunes en un proceso de retroalimentación que roza el bucle. A esto se le puede sumar en ocasiones la brusca intención de pretender abarcarlo todo.

En una sociedad sobrecargada de pseudoinformación, prima con asiduidad el protagonismo efímero y el engalanamiento de lo cotidiano. Se suceden los actos protocolarios, que proliferan a ritmo acelerado, y esto da lugar a debates sobre asuntos inimaginables entre un público heterogéneo. Esta semana, el arte ha sido la diana. La hermandad del Rocío de Sevilla presentaba su cartel anunciador de la romería 2018. Se trata de una obra del joven artista Manuel Peña –autor del polémico cartel de la Navidad 2017 de la Asociación de Belenistas–, y representa en grandes dimensiones a la Virgen del Rocío, protagonista absoluta, en cuyas manos aparece la carreta de la hermandad.

De esta forma, con la Blanca Paloma en todo su esplendor, Peña representa el sentido de la romería para la hermandad del Salvador. Lo que aparentemente no despierta polémica, ha dado lugar a descontentos. Y es que falta un elemento. El Niño Jesús en las manos de la Virgen. En su lugar, aparece el Simpecado que los romeros llevan hasta la aldea para venerarla.

Hay quien manifiesta su desacuerdo porque dice no ver a Dios. De alguna manera no perciben la presencia de Jesús. Y eso que la figura de su Madre casi rebosa los bordes del cuadro. Entonces yo me pregunto si acaso no está su Hijo en el rostro de la Virgen. Si no es verdad que un rociero que camina hasta la aldea almonteña para entrar en la ermita y mirarla a Ella, está rezando también al Señor.

La cuestión por la cuestón es un embrollo evidente. La subjetividad se vuelve minuciosa, en ocasiones pesada, por reiterativa. Para gustos, el infinito, pero vamos a ser justos.

Vamos a ir más allá de lo superficial porque en lo profundo está, a menudo, lo esencial. El cartel anuncia la gloria, que entendemos por nuestra fe. Plasmado queda en la pintura el objetivo de los rocieros, lo que todo romero lleva en su medalla, en su corazón. ¿Acaso ahí no encuentra a Dios? Si Él está en cada representación, en cada vestigio de expresión religiosa, en cada rezo. ¿Desde cuándo esa necesidad de verlo? El problema se torna mayor si no somos capaces de encontrarlo dentro.

Es evidente que el asunto va más allá de esto. Rivalidades aparte, puede que el arte llegue a ser incómodo, quizás haya ganado cierta relevancia y por tanto es fácil de criticar. Nos movemos entre arenas, cuesta avanzar. Más aún cuando aparecen, como espontáneas, presuntas ofensas. Se malgastan el tiempo, la energía y las intenciones en asuntos desprovistos de consistencia. La facilidad con la que se escapan las palabras es abrumadora.

Resulta imposible olvidar el que para muchos es el mejor cartel de la Semana Santa de Sevilla, aquel iris de la Macarena de Maireles. Esa maravilla penetrante que recoge en su interior la vida entera, la pasión. Si usted no ve al Señor en los ojos de su Madre, es que no ha mirado bien.


  • 1