sábado, 25 noviembre 2017
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Pareja de escoltas

Misa de difuntos

03 nov 2017 / 21:11 h - Actualizado: 03 nov 2017 / 21:12 h.

Llegó un noviembre de sol y manga corta. Pero su segundo día, acorde con la solemnidad, cubrió los cielos con un crespón de plata y ceniza. Siguen llenándose los templos de fieles para recordar a los difuntos y las hermandades continúan celebrando anuales ceremonias por sus hermanos fallecidos. Tratemos su memoria como queramos que los futuros estimen la nuestra. Hagámoslo bien y mañana serán otros los que habrán de recordarnos. Si las cofradías están ahí es por ellos. Si siguen en un futuro será porque los de ahora no confundamos el cumplimiento de un rito con la fuerza de la oración ni olvidemos el fundamento de la resurrección. Pero, además, cuando acudimos a rezar por aquellos que compartieron nuestras devociones es también un testimonio de reconocido agradecimiento. Puede que a algunos el credo o el avemaría recitados en común ante los titulares no les emocione tanto como una revirá inacabable o esa marcha de solos imposibles y que los atavíos de las vírgenes de luto sean, en su opinión, el novamás de las innovaciones estéticas cofraderiles. Sin embargo, en una sociedad que incorpora ritos ajenos con la misma velocidad que olvida los propios, no parecen desdeñables tantas convocatorias cuyo único fin es la plegaria y la súplica por quienes nos precedieron. Como tampoco es ninguna casualidad que tantas familias graben en el mármol, junto a los apellidos de su sangre, la imagen de aquella advocación en la que esperaron con fe.


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