lunes, 27 marzo 2017
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Muerte de una princesa

28 dic 2016 / 08:25 h - Actualizado: 28 dic 2016 / 08:27 h.

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¿Pudo ser en las navidades del 77? La memoria no rescata la fecha, ni siquiera el cine pero sí esboza nítidamente la ilusión del niño que salía, de la mano de sus padres, fascinado de aquel cine que atendían acomodadores abotonados y armados de unas minúsculas linternitas. La inmensa pantalla aún no había sido troceada para dar lugar a los multicines que salvaron –efímeramente– tantas y tantas salas del centro. La magia permanecía intacta: el deslumbrante ambigú y el recibidor, las fotos fijas que anunciaban otros estrenos; las colas de la taquilla; los nervios por franquear un mundo desconocido...

Habían estrenado una película de mundos lejanos y naves espaciales que reeditaba la única historia posible: el bien contra el mal; el triunfo del amor sobre la muerte... Es la misma muerte que se ha llevado a Carrie Fisher, nuestra princesa Leia, cuando luchaba por sobrevivir al infarto que le atacó –volando- en vísperas de la Nochebuena. La joven princesa pertenecía a nuestro imaginario aunque la Fisher –como en la canción de Sabina– escogió otros caminos que la alejaron de aquella fama breve que, paradójicamente, congeló su imagen juvenil y ese peinado imposible de Dama de Elche sideral.

Las princesas también mueren. Y Carrie Fisher se salió de una vida de cuento. La infancia reverdece y dibuja ahora –cuarenta años después– al niño que quería ser piloto galáctico y viajar al hiperespacio. La vida, como aquella historia de planetas remotos y malvados cósmicos, aún estaba por escribir.


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