martes, 18 septiembre 2018
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Mujeres flamencas modernas

04 sep 2018 / 20:23 h - Actualizado: 04 sep 2018 / 20:47 h.

El tema de la mujer en el flamenco siempre ha estado presente y, yo diría, que en primera línea tanto en la literatura (Pacheco Núñez de Prado, Cansinos Assens, los hermanos Caba...) como en las artes plásticas (Julio Romero de Torres es el mayor y mejor representante de una corriente que llega hasta el impresionismo ruso) y ha sido abordado desde muchísimos puntos de vista, de los más reaccionarios a los más progresistas.

En lo que se refiere a los versos de las coplas (especialmente las de los fandangos), la más de las veces, la mujer desempeñaba un papel doble y, hasta si se quiere, preñado de esquizofrenia: o era la que podía abrir la puerta a los sentimientos más sublimes, o era la causa de todos los males de los hombres; en eso, hasta hace poco, no se había avanzado mucho del discurso que Umberto Eco, en El nombre de la rosa, pone en boca del monje que le muestra al novicio Adelmo la imagen de la Virgen María en la iglesia del monasterio.

En los años veinte del siglo pasado comenzaron –en el terreno intelectual– las preguntas nacidas en los tratados de Epistemología o Teoría del Conocimiento y se comenzó a plantear el papel femenino en la génesis y evolución del género. Carlos y Pedro Caba, en Andalucía, su Comunismo y su Cante Jondo, un libro de defensa apasionada de la fiesta de Andalucía contra los ataques de los Regeneracionistas de la Generación del 98 pero lleno de intuciones, hablan de la ralentización del cante por mor de la moda de los bailes lentos que curaban la nostalgia de los indianos (el Barbadillo sanluqueño era uno de ellos) que habían perdido el meneo de cintura de las guajiras.

Como sucede con casi todas las intuciones no era del todo verdad aunque contuviera la semilla de lo verdadero. Exactamente un siglo antes del desastre el barón Wilhelm von Humbold (hermano y pagano de los gastos de su hermano Alexander, el botánico inventor de la Naturaleza como lo ha llamado su biógrafa Andrea Wulf) cuenta en el libro de su viaje por España cómo fue –con su mujer disfrazada de hombre– a un barrio malfamado de Málaga para ver bailar a una pareja y define como sensual pero inocente el baile de la mujer, hermana del varón, que ya actuaba en el teatro «aunque no por dinero».

Esas eran las anécdotas descriptivas de los manuales «para viajeros y lectores en casa» con los que las editoriales inglesas habían encontrado un filón de considerables proporciones. De un tiempo a esta parte, sin embargo, ha comenzado a investigarse aquel tema con mayor rigor buscando sobre todo qué mujeres practicaron oficios, como el de guitarrista, adjudicados luego a hombres a pesar de que nos queden testimonios, incluso fotográficos, de mujeres tocando la sonanta. Queda por tocar algo muy importante pero que, de alguna manera, sigue siendo parecido a un tabú: las muchas carreras femeninas frustradas por el ordeno y mando del marido; algunas (o muchas) de ellas rebrotraron después –y siguen brotando hoy– en hijas y nietas y están en el trasfondo de sus obras actuales.

Pero, volviendo al principio: como las mujeres de medio mundo están dando pasos gigantescos para lograr, de una vez por todas y en todos los órdenes, la igualdad con los hombres (en el otro medio –la inmensa mayoría de los países llamados árabes– la desigualdad sigue siendo abismal sin que se noten claros síntomas de que eso puede cambiar a corto plazo) el paso de la mujer al primer plano se representa, como es lógico, en mil y una escenas de ese teatro que son los espectáculos, unas veces para hacer perceptible la nueva realidad, otras, para obtener audiencia, clientela, espectadores... que, en un modo regido por la ley de la oferta y la demanda, casi todo tiene la faceta de valor de cambio y, también, para obtener la calificación de moderno. Por poner un ejemplo, una de las mayores atracciones de la reciente edición de Pamplona on fire ha sido el ciclo de mujeres guitarristas.

La iniciativa de los regidores del evento me parece muy buena, sin duda, va a servir para acercar al flamenco a mucha gente y ha concitado la atención de los medios de comunicación, evidentemente porque era novedosa. Pero existen hechos incuestionablemente más importantes centrados en Andalucía porque es aquí donde se encuentra las raíces flamencas y que, sin embargo, pasan desapercibidos. Caí en la cuenta de ello el otro día mientras se presentaban los espectáculos del Teatro Central en la próxima Bienal.

Eran siete y, menos uno –el que protagoniza el cantaor Tomás de Perrate– tenían por protagonistas a mujeres ya consagradas o en camino de consagrarse, que no sólo eran bailaoras sino bailaoras con estilo propio y, además, directoras y hasta dueñas de sus propias compañías en las que también desempeñaban papeles fundamentales otras mujeres como managers, guionistas...

Eso era la muestra que, reunida al azar en torno a un mismo escenario, se nos ofrecía aquel día porque, además de ellas, existen otra decena de compañías femeninas importantísimas, María Pagés, Eva Yerbabueba, Rafaela Carrasco.... Y es que el flamenco no sólo es hoy signo de identidad sino señal de progreso.


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