miércoles, 24 mayo 2017
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, última actualización
Fin de pista

Navidad desempolvada

20 dic 2016 / 23:37 h - Actualizado: 20 dic 2016 / 23:37 h.

El recuerdo se corta con el frío de una huerta breve que ahora reverdece en la memoria. El musgo mullido, las naranjas nuevas, el agua verde y temida de la alberca, el olor de aquella tierra fresca... La Navidad abre la puerta a momentos, manos y rostros que entonces creíamos inmutables. Y el recuerdo, después de tanto tiempo, se empeña en levantar un extraño aguafuerte en el que danzan personas, olores, colores y sabores que dábamos por perdidos. Es un viaje arriesgado a la calidez de casas fantasmales; un periplo que aún huele al gasoil requemado que acompañaba el traqueteo de neumático y nacional en pos del pueblo que creíamos remoto. Allí nos esperaban aquellos rostros que tanto nos quisieron; la promesa de una nevada que nunca llegó; las viejas cristalerías; las vajillas venerables; el cordero asado en el inmenso horno de la panadería; el besugo traído de la mejor pescadería de Madrid o Aranjuez y las figuras de una Palestina chiquita que cabía entera sobre una puerta vieja elevada sobre borriquetas... Pero el viaje de la memoria sigue crujiendo sobre los tablones del piso alto o se empina, después de subir una escalera angosta, para alcanzar el mazapán administrado con gravedad por la señora de la casa. Los paraísos perdidos, el incierto viaje de vuelta a aquella Edad de Oro sigue siendo un cuchillo que rasga algunas certezas. Miramos al móvil compulsivamente, recorremos la ciudad desorbitada que se ilumina con las fiestas inminentes pero la memoria, una vez más, sigue su propio camino...


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