viernes, 26 mayo 2017
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Nazarenito de azúcar

Iba vestida de monaguillo de la cofradía que besa más naranjos, queriendo al Salvador del mundo y haciendo su estación dentro de un grupo de pequeños afortunados

09 abr 2017 / 11:10 h - Actualizado: 09 abr 2017 / 11:01 h.
  • Nazarenito de azúcar

Sólo con su sonrisa, que era un caudal de bondad desbordado de amor puro, la calle Sagasta ensanchó sus paredes para que surcara el Cristo de la Corona a la hora de la buena nueva, la madera y el Santo Rosario. Iba vestida de monaguillo de la cofradía que besa más naranjos, queriendo al Salvador del mundo y haciendo su estación dentro de un grupo de pequeños afortunados que gozan de morar en casas con padres que nacieron para amarse. Los monaguillos, niños y niñas, que van cerca del paso del Cristo del Sagrario, el de la cruz del derecho porque Jesús va a plantar el árbol del amor, son el anuncio rotundo y fértil de la palabra de Dios.

Serían las nueve de la noche de un Viernes que estaba a punto de olvidar por un momento sus Dolores. Una pequeña doncella acercó su hermosa sonrisa de paletas separadas y ojos de miel al lugar donde me encontraba admirando ruan morado y cruz a cuestas. Estiró su brazo y me ofreció con esa ilusión de alguien que camina feliz una piruleta tierna de gominola con forma de nazareno.

Un nazarenito de azúcar envuelto en un plástico cuyo crujido rompió el silencio de la noche por un instante. Cristo me estaba avisando. Yo soy la inocencia de un niño y la bondad de un corazón puro. Detrás de ella, que se retiraba dando un paso atrás hacia su lugar en el cortejo, estaban sus compañeros de fe. Allí al fondo, feliz, su padre, mi compañero. Alfredo estaba más en Guardia que nunca. A esa hora custodiaba el legado y transmitía la fe. Lo hacía a través de una chuchería, de un caramelo, de un gesto. El Cristo de la Corona nos enseña siempre a dar, a darnos, a ofrecer lo que uno tiene. Y en los ojos de mi compañero descansaba el orgullo. Él sabe que su tesoro caminaba en ese momento por el camino perfecto. El del amor. A sólo unos metros, Carmen –vestida de nazareno de Sevilla– rogaba al Señor dentro del hábito por su marido y por su hija, la niña que me había entregado esa piruleta blanda con sabor a Semana Santa y que se llama Ángela porque era el nombre más parecido a un ángel.

Un monaguillo de Sevilla me ha regalado en su Estación de Penitencia un nazarenito de azúcar, un monumento al sabor de la fe, un tesoro de su cestillo de Estación de Penitencia, una invitación a cumplir con el Evangelio. En la vida hay que dar, compartir.

Lo hizo en silencio, como le han enseñado sus padres. Pero en aquel gesto gritaba mi ciudad y gritaban sus niños. También gritaban sus padres un testimonio de fe. Y gritaba mi corazón que quería comerse a ese monaguillo a besos. Sólo unos metros más tarde supe que ya había alguien que sonreía, y que tenía muchos besos preparados para Ángela. Era el Cristo de la Corona. Yo lo vi. Sevilla está lista. Abre el cestillo y entrega lo que tienes. Está aquí la Semana Santa.


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