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Viéndolas venir

No estudiamos para trabajar

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
14 mar 2019 / 08:18 h - Actualizado: 14 mar 2019 / 08:23 h.

La concursante de un conocido programa televisivo ha dado pie a uno de esos alborotos digitales que duran por lo menos dos o tres horas y luego se olvidan para siempre. El presentador le preguntó qué estudiaba y ella contestó Periodismo y, al volver a interrogarle sobre cómo se veía en el futuro, la muchacha contestó: “En el paro”. El presentador, al ver que el público se reía, reflexionó en voz alta sobre el asco que le daba la situación: “Qué asco que nos haga gracia”, dijo. La secuencia ha provocado a continuación el duelo mediático por la muchacha, por la salida del presentador y por la reflexión.

Pero existe una reflexión más profunda aún sobre las causas de todo ello, sobre la maléfica relación agudizada en los últimos tiempos, pragmáticos y críticos, entre la universidad y el mercado laboral.

La universidad nos universalizaba, o al menos esa era su intención. Luego la conquistaron los listos de turno -quienes solo necesitaban especialistas que no fueran capaces de conversar sobre lo divino y lo humano en cualquier cena- y la convirtieron en un vivero de trabajadores. A continuación, magrearon sus programas, sus asignaturas y sus estrategias para domeñarlos en función de las necesidades de los grandes empresarios. En el colmo del atropello, invitaron a los propios empresarios a darles clases -y consejos y advertencias- a los profesores, mientras tantos departamentos miraban para otro lado. Y finalmente sentenciaron qué disciplinas eran útiles y cuáles no. Por ejemplo, se maldijo con una indiferencia sarcástica a las humanidades y se bendijo a las especialidades técnicas.

Se señalaron posibles matrimonios de carreras que podían ir juntas y se ironizó sobre otras que no valían ni solteras, por muy humanistas y artísticas que fueran. Cuando el empresariado se daba una vuelta por la universidad -bien vestido, sonriente y con gomina-, como quien pasa revista, los universitarios se echaban a temblar. Porque ya se había interiorizado que la universidad era un tubo de ensayo para la gran empresa, que ha terminado estableciendo qué vale la pena estudiar y qué no.

Hoy no eres nadie con una carrera, porque te seguirá faltando algún grado. Y cuando te lo den, seguirás siendo nadie porque nadie es nadie sin un máster. O dos.

Si un chaval dice que quiere estudiar tal cosa, siempre hay un círculo de listos que se ríen de medio lado advirtiendo que tal cosa no tiene salida ninguna. Con salida se refieren siempre a un chiquero hacia una plaza laboral, porque todo el mundo ha terminado asumiendo que a la universidad se va para encontrar trabajo lo antes posible, es decir, para que la gran empresa te encuentre un puestecito en su engranaje.

Aún estamos a tiempo de advertirles a los jóvenes de que el mundo no lo ha inventado el empresariado actual, y de recordarle a la universidad su responsabilidad de formar intelectualmente a sus alumnos, para que amueblen sus cabezas, para que consigan una rotunda cultural general, para que demuestren en sus entornos que no van a la universidad para que les den un tique para poder trabajar a continuación, sino para conseguir una formación superior que luego, pero solo luego, les permita decidir por sí mismos a qué dedicar sus vidas.


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