domingo, 15 septiembre 2019
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Viéndolas venir

No lo asesinaron por maricón

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
17 ago 2019 / 09:45 h - Actualizado: 17 ago 2019 / 10:17 h.
  • No lo asesinaron por maricón

Como ahora hay que darlo todo en un titular, en una frase corta, en un suspiro, porque no hay tiempo ni espacio ni ganas de leer demasiado, lo mismo saca el Parlamento andaluz otro tuit de esos en los que, para resumir mucho, al asesinato, que parece corto en la forma pero que tiene un fondo insoportable, se le llama fallecimiento por fusilamiento, que, aunque parece largo, en realidad acorta contenido. El otro día se recordaba de tal guisa a Blas Infante. Ahora le toca a Lorca, que también feneció por la misma causa una semana después, aunque el pueblo, muy tuitero de toda la vida, sacara sus propias conclusiones, a la ligera, como les gusta, por cierto, a los poderosos, siempre necesitados de cualquier reduccionismo. Pero es que, contra la creencia popular, a Federico no lo asesinaron por maricón, porque su condición sexual fue lo de menos.

Lo de más fue su capacidad para conectar con esa otra mitad de la humanidad que da razón de ser al fascismo para seguir siendo, esa mitad de todo que al fascismo le molesta también hoy: la(s) otra(s) España(s), las mujeres liberadas, los gitanos atípicos, los negros del color que les da la gana, los desterrados de ida o vuelta, los débiles de cualquier condición. A estas horas, hace 83 años, él ya no podía imaginar hasta qué punto el fatum de toda su obra había profetizado su propio fin. Pero ya era cuestión de que su asesinato con todas las letras fuera de dominio público para que cobraran sentido en carne propia aquellos versos dedicados a Ignacio: "Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, / un andaluz tan claro, tan rico de aventura. / Yo canto su elegancia con palabras que gimen / y recuerdo una brisa triste por los olivos".

Lorca fue incómodo hace casi un siglo y lo volvería a ser ahora, porque los principios de autoridad siguen intactos frente a los principios de libertad individuales. Han evolucionado los formatos sociales, pero la oscura raíz del grito personal sigue donde siempre: en esa ansia de felicidad que alberga todo ser humano por el simple hecho de serlo frente al ansia de orden impuesto con que amagan todos los sistemas. No se trata de que se haya avanzado tanto contra la esclavitud, la desigualdad de género o el racismo, porque en rigor sigue habiendo esclavos y marginados por cuestión de sexo, raza o preferencias. Vengo a buscar lo que busco: / mi alegría y mi persona”, volvería a contestar hoy Soledad Montoya, en el umbral de su casa, en el juzgado, en el puerto, en la valla, en la zodiac, en la cárcel, en el precipicio de su propia tumba.


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