viernes, 21 septiembre 2018
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, última actualización

Nueva contabilidad de la emoción

23 jul 2018 / 22:28 h - Actualizado: 23 jul 2018 / 22:29 h.

Antonio Núñez de Herrera, en su Teoría y Realidad de la Semana Santa, sacaba a relucir a aquel Mr. Smith llegado de Chicago, prototipo del capitalista norteamericano, que, sentado en la plaza de San Francisco y desprovisto de toda emoción, calculaba el número de nazarenos, la velocidad de las cofradías y el coste de los pasos de la misma manera que podrían calcularse las salchichas que una máquina metía en la tripa y dejaba listas para el mercado. De entonces acá el capitalismo también ha aprendido a echarle las cuentas a la emoción; es más: ahora mismo es la emoción lo que más cuenta en la nueva forma de hacer política de la que presumen todos los partidos conservadores europeos y algunos de los que se llaman progresistas como el M5S italiano.

Pablo Casado, por ejemplo, ha tirado de la libreta de las emociones para enjaretar el discurso con el que ha triunfado en el PP. Decir que vamos a poner fuera de la ley a los independentistas, suma tantos votos; volver a la ley del aborto de 1985, otros tantos; echar piropos a quienes mantienen en su balcón la bandera de España, equis millones más... Total... Una política que busque la igualdad de los ciudadanos, persiga la integración de Europa, o la igualdad de sexos y razas no sirve a fuerzas conservadoras que han perdido la visión de que, en democracia, es imprescindible que alguien lleve a cabo el papel de hacer de contrapeso. La emoción sirvió durante mucho tiempo de combustible al impulso. Hoy, para la derecha, ya no sirve para eso; sólo es una máquina de hacer embutidos.


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