miércoles, 14 noviembre 2018
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Ocaso de la toponimia urbana

Sevilla y Granada muestran en su callejero distinta memoria de su pasado

22 jul 2018 / 19:43 h - Actualizado: 22 jul 2018 / 21:06 h.
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Aunque parezca mentira hay ciudades con mucha más memoria que otras y no me refiero a la de sus ciudadanos ni a la que algunos de estos dejaron escrita en crónicas y anales sino a la que perdura –o no– en la toponimia de calles, plazas y lugares por los que se transita a diario sin que, la mayoría de las veces, nos demos cuenta ni de la que queda ni de la que, poco a poco, se va perdiendo.

Sevilla y Granada, por ejemplo, exhiben memorias muy diferentes de su pasado. En Sevilla, desde hace siglos, fueron siendo borrados poco a poco muchos de los topónimos que hacían referencia a los cometidos que habían desempeñado distintos lugares o a lo que en ellos hubo en la antigüedad. Quedan algunos, como Boteros, Chapineros... o, incluso, jirones de oficios muy raros o abolidos a finales del siglo XV como el de Alfaqueque que se refería a la persona –generalmente mozárabe, mudéjar o elche– a la que se encargó la liberación de cautivos en países musulmanes hasta que esa labor comenzaron a llevarla a cabo los frailes, principalmente los mercedarios (que para eso se fundó la orden) y también los franciscanos por sus conexiones con Tierra Santa.

Quedan algunos restos de enclaves habitados por grupos sociales minoritarios como el de la Morería o de estructuras dedicadas a determinados productos comerciales, como las alcaicerías, conjuntos de calles en los que aquellos se vendían. Por ese nombre se conoce la calle que va de la plaza del Pan a la de la Alfalfa (estas indicando así mismo para lo que sirvieron en una época) pero por el camino perdió, precisamente, el nombre –loza– que agrupaba los productos que allí se vendían.

Permanece, bastante aislado de su contexto, el de Alhóndiga, indicando donde se encontraba un edificio imprescindible para el abastecimiento de la ciudad como era el de los almacenes donde se guardaban el trigo y la harina. Ese conjunto de edificaciones fue derribado a principios del siglo pasado.

El Baratillo perduró sin apoyarse en rotulación alguna pero otras, la de la borceguinería, valga el caso, quedaron sepultados bajo la losa de personajes como Mateos Gago, un sacerdote de ideas carlistas que se enfrentó a Antonio Machado Núñez, el abuelo de Manuel y de Antonio, por el darwinismo de este. También persiguió a la pequeña comunidad protestante sevillana, renacida al calor de la Ley de Libertad religiosa de la Primera República.

Granada, en cambio, sigue teniendo mucha más memoria de sí misma y son innumerables las calles y plazas que la exhiben a través de nombres sonoros en los que no sólo siguen perviviendo instituciones u oficios antiguos (Calderería, Cuchillería, Panadería, Pescadería, Zacatín, sinónimo de Baratillo, por cierto...) sino, también, indicaciones que nos orientan acerca de la ciudad y sus detalles en el pasado: Niños luchando (por un relieve que hoy ya no existe), Pie de Torre, la calle junto al campanario de la Catedral, Laurel de San Matías, Carril del Picón, Arco de las Orejas, Arco de las Cucharas, Cuesta de la Lona...

Topónimos como el de Azacaya (ya sea en las cercanías de la calle Elvira o en el Albaycín junto al Paseo de los Tristes) nos indican que por allí pasaban las correspondientes acequias), Molino (en plural para la calle que lleva al Realejo y en singular cerca de la iglesia de San Andrés o tras el ayuntamiento) Almona (vieja, del Boquerón, de San Juan de Dios, del Campillo...) los hallamos en muchos sitios guiándonos así por entre los remolinos de la Historia de la ciudad.

En Sevilla, seguramente, existirían antes muchos más topónimos de los actuales pero fue en los años de su decadencia prolongada cuando se renegó del pasado y comenzó la carrera por dejar memoria de aquellos personajes que las circunstancias o las banderías de cada momento se empeñaba en resaltar. No es que entre todos aquellos cuyos nombres rotularon las vías públicas faltaran personas dignas de ser recordadas; el problema era otro: estaba en que, en primer lugar, resaltar a unas personas cuyo ejemplo se presuponía que era bueno para la ciudad y sus ciudadanos se hacía a costa de perder el mismo recuerdo de la urbe sobre la que actuaron positivamente añadiéndole valores.

En segundo, que el recuerdo de los buenos se ha mezclado con el dedicado a aquellos que no tenían por qué ser recordados dando como resultado que esa personificación de las vías públicas una especie de café con leche para todos en el que ya no se distinguían los méritos y deméritos.

Y, en tercer lugar, todo sirvió de portillo para que entraran en el callejero como personas importantes, primero, advocaciones marianas en masa (en barrio de nueva construcción como Los Remedios sólo quedó –creo– un topónimo, el del Tejar del Mellizo) y, después, los patronos titulares de todas las hermandades de la ciudad, a mayor honra y gloria de los hermanos mayores y miembros de las juntas de gobierno que promovieron la toma de esas decisiones. De esta manera decayeron, paradójicamente, rotulaciones de calles recordando profesiones (Escoberos, por ejemplo) muchos de cuyos integrantes seguramente pertenecían a la corporación que los dejó medio borrados de la memoria de la ciudad.

De este modo se convirtió en profética la soleá que escribió Manuel Machado para regalarla al acervo popular: «Tu calle ya no es tu calle/ que es una calle cualquiera / camino de cualquier parte».


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