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Desvariando

Paco de Lucía y España

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
13 jul 2019 / 10:14 h - Actualizado: 13 jul 2019 / 10:20 h.
  • Paco de Lucía. / EFE
    Paco de Lucía. / EFE

Ha dicho Gabriela Canseco, viuda de Paco de Lucía y conocida restauradora y fotógrafa, que “el Gobierno no ha hecho nada por Paco de Lucía”, y no le falta razón. Tampoco al genio de Algeciras le preocupó nunca, creo, el hecho de ser más o menos reconocido en su país, aunque le fueron concedidas distinciones muy importantes que otros artistas flamencos ni siquiera las han olido. También es verdad que Paco se implicó poco en las cosas de España, quizá porque comenzó muy pronto a ser un ciudadano del mundo adorado hasta en la última aldea del país más perdido del planeta.

No era de dar cursos, por ejemplo. Se los dejaba a Manolo Sanlúcar, otro genio de la música, quien sí se involucró pronto en la enseñanza, la investigación, la divulgación y la formación de los jóvenes guitarristas. Un día le preguntaron a Enrique Morente que por qué no había grabado nunca un disco con Paco de Lucía y el granadino, con su conocida ironía, respondió que Paco estaba siempre de aeropuerto en aeropuerto y él en el Candela. El Candela era una conocida sala de fiesta flamenca de Madrid, donde Enrique iba mucho a relejarse. Quiso decir que era una cuestión de falta de tiempo.

Paco era un gran trabajador, un artista incansable, de ahí su magna e incomparable obra. Soy de la opinión que en gran parte basó su revolución musical en el trabajo y la fuerza, al margen de su enorme talento natural para componer piezas tan flamencas. Pero era una máquina de dar conciertos. Manolo Sanlúcar me contó un día en su casa de Sanlúcar, Caballo negro, que lo contrataron a Paco y a él para dar juntos un concierto y que se fueron un fin de semana a Cantabria a prepararlo, cada uno con su mujer. Ensayaban diez horas diarias y me dijo que cuando intentaba dormir escuchaba cómo Paco seguía repasando piezas del concierto en su habitación hasta casi el amanecer.

Dejaba pocas cosas para algo fundamental en el flamenco, la improvisación. No es que no lo hiciera nunca, pero cuando preparaba un concierto o un disco, se obsesionaba. Y no es porque se obsesionara con la perfección técnica, porque un día dijo de otro conocido guitarrista, de los grandes, que era “asquerosamente perfecto”. Es que Paco era muy responsable y desde niño le inculcaron que sin disciplina no se llegaba a ninguna parte. Y sin esfuerzo, claro.

Alguna vez he dicho que soy más de Manolo Sanlúcar que de Paco de Lucía, arriesgando claramente el pellejo. Manolo representa el tipo de artista que siempre me ha interesado. Por eso soy también más de Morente que de Camarón, siendo un verdadero fan del genio de la Isla, y mis disgustos me ha costado decirlo claramente, como ahora. Manolo es el artista más comprometido con el flamenco que he conocido, por eso su obra es de las más grandes de la historia de la guitarra.

No me refiero solo a su obra discográfica, sino a sus cursos, la investigación, la formación de otros guitarristas, sus libros, etc. Y también es un artista por el que el Estado español no ha hecho gran cosa. Ni siquiera Sanlúcar de Barrameda, donde nació. Manolo es un creador que vive en una especie de isla, la suya, desde donde ve el mundo como algo absurdo que se mueve casi siempre en dirección contraria a la que según él se debería de mover. Un genio tan generoso al que no le importa darlo todo y no solo su música y sus conocimientos.

Un día fui a su finca de El Pedroso a llevarle discos para un trabajo en el que colaboré con él. Se puso un delantal, me hizo huevos con chorizos y patatas fritas y cuando me vio embelesado ante un cuadro de Ressendi, quiso descolgarlo para que me lo llevara a casa, aunque no lo acepté. Solo los huevos fritos con chorizo y unas horas maravillosas hablando con una figura irrepetible.


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