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Pasa la vida

Pacto español para ayudar en Venezuela

17 mar 2019 / 13:28 h - Actualizado: 17 mar 2019 / 13:28 h.
  • Pacto español para ayudar en Venezuela

Si nos dicen que en un país hay millones de personas en riesgo de morir por falta de alimentos, medicinas, agua potable y electricidad, pensamos en cómo ayudar. Más aún si nos dicen que ya son tres millones de habitantes los que han abandonado como sea ese país para dejar atrás la angustia diaria de la subsistencia caótica y la criminalidad a sus anchas. Y la reacción fraterna sería celérica y mayor si nos dicen que en ese país colapsado residen más de 165.000 españoles. Ante el 99% de las catástrofes con tantos damnificados, aunque apenas hubiera paisanos, se prodiga en España una movilización masiva para aportar auxilio y bienestar a la población de ese país. Con la implicación de gobiernos, instituciones, medios de comunicación, organizaciones de cooperación y multitud de asociaciones. Pero si ese país se llama Venezuela, la fraternidad y la solidaridad tienen en España echado el freno de mano. Porque en la España política Venezuela no es una tragedia, sino un argumento de confrontación entre los partidos.

La aberrante situación de Venezuela, donde la catástrofe no ha sido causada por un terremoto sino por un desastroso régimen político, debería ser en España materia de pacto de Estado. Parece que eso no va a ocurrir hasta que empeore todo lo empeorable en el interior del país (donde cada vez se asesina más para robar bienes que vender en el mercado negro), y en los campos de refugiados en territorio colombiano y brasileño. Si salir de Venezuela no fuera tan difícil, si el dinero de su divisa no fuera papel mojado, si el respeto a los bienes y propiedades no fuera una quimera cuando impera la ley del pillaje, el retorno de españoles (sobre todo canarios) aumentaría de modo exponencial. Y eso reconfortaría no solo a sus familiares, sino al conjunto de la opinión pública, que manifestaría en las calles y en las redes sociales la necesidad de ayudar. Así sería el ambiente si tuviéramos 165.000 compatriotas sufriendo un calvario en Argelia, o en Honduras, o en Polonia, o en Indonesia. Pero Venezuela es cosecha aparte porque las calamidades que sufren tantos inocentes, españoles incluidos, en un sálvese quien pueda ante la fractura social entre chavistas y opositores, más las estupideces que vocifera Maduro y las amenazas que proclama Trump, son un cóctel de aroma caribeño que se agita para jugar al maniqueísmo electoral a la española, donde al parece ahora todos somos o castristas o fascistas. Y se elude el principio ideológico más importante: salvar vidas.

Cuando el colapso total del país y el primer brote de guerracivilismo induzcan a enviar una gran misión humanitaria para múltiples urgencias, los médicos, enfermeros, ingenieros, informáticos y demás cooperantes no le van a preguntar a la gente arracimada en largas colas si saben quién es Pablo Iglesias, ni cuánto dinero le pagó Hugo Chávez a él y a otros españoles que asesoraron a la gobernanza bolivariana para que en Venezuela se experimentara lo que nunca llevarían a cabo ni en el Madrid de Vallecas ni en las urbanizaciones de Galapagar. Tampoco los damnificados van a perder el tiempo preguntando a sus auxiliadores españoles si han aterrizado por decreto ley, por mayoría absoluta, porque lo pidan tanto Aznar como González, por mandato de la Comisión Europea o de Naciones Unidas. Pero ojalá no llegue el día en que Venezuela sea más un río de muerte que un Orinoco fecundo. Porque entonces no habrá excusas tras las que esconderse para justificar que España no está unida cuando padecen una situación de emergencia más de 165.000 compatriotas.


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