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Paga infantas

18 feb 2017 / 22:35 h - Actualizado: 18 feb 2017 / 22:11 h.

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Para una parte importante de la opinión pública solo cabía la opción de que la infanta fuese condenada. Si no ocurría así, que es lo que finalmente ha sucedido, la sospecha de que la justicia no es igual para todos mutaría en certeza. Y ello es así con tal contundencia que no parece haber argumentos que puedan poner en duda esa verdad de la calle. Lo mismo le da que le da lo mismo. No la desmontan los más de setecientos folios de los que consta la sentencia y el hecho de que las tres magistradas la hayan adoptado por unanimidad, le resultan indiferentes los largos meses de instrucción y complejo proceso, no le hace la menor mella el hecho de que hayamos visto a la hija de un rey sentada en el banquillo de los plebeyos ni, por supuesto, que a su marido y padre de sus hijos le hayan impuesto más de seis años de cárcel.

Para los que piensan que el veredicto no podía ser nada más que de culpabilidad sólo había una ley, y esta no es de las que deben aplicar los jueces si como tales quieren ser reconocidos. De modo que, paradójicamente, la justicia y el Estado de Derecho sólo tenían un camino para mostrarse firmes ante la expectante comunidad de vecinos: condenando severamente a la infanta, aunque para ello se hubiese tenido que quebrar esa misma justicia y ese mismo estado de derecho. Porque las cosas son así de contradictorias cuando lo que se espera de la justicia es que sea ejemplarizante o cuando, en vez de ley, se pide que se aplique un justiciero clamor popular. Es decir, cuando lo que hay es todo menos sometimiento al derecho, a sus principios y a sus reglas. Escollos en el camino de una justicia que, por definirla de acuerdo con los tiempos, podríamos describir como receptiva al sentir del pueblo. Un modo de justicia de la que Barrabás un día fue muy partidario.

Huelga que digamos que con esta reflexión no estamos haciendo una defensa de la infanta o, dicho a lo marxista, de los factores reales de poder. Sin embargo, si por alguna razón tuviésemos la obligación de hacerlo, además de que la sola excusa mermaría muchísimo la fuerza de nuestro argumento, ese hecho sería un indicador potentísimo de que las grietas del edificio político y social que compartimos pudieran estar anunciando ruina. Porque desconfiar hasta ese extremo de la justicia es tenerla como corrupta. Una imputación que, por su gravedad, habrá que probar, porque ingenuos van quedando pocos, y paga infantas muchos menos.


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