miércoles, 23 agosto 2017
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, última actualización

Pañales contra la crisis

12 ago 2017 / 21:47 h - Actualizado: 12 ago 2017 / 21:47 h.

A la Sra. MacDonald, de edad madura y con graves problemas de movilidad, el Ayuntamiento de la ciudad inglesa donde vivía le proporcionó, en el marco de su programa social, una ayuda económica para que un cuidador cualificado la atendiese por la noches. Fíjense cuánto nos ha cambiado la crisis que a buen seguro que ya se habrán preguntado que cómo es eso posible, que qué sociedad puede permitirse tanto lujo: cuidar de una anciana que casi no puede valerse por sí misma para, entre otras cosas, acompañarla al baño por las noches si tuviese necesidad. Así que ni se preocupen, ni se alarmen, esas medidas solidarias pertenecen ya a otra época, tan lejanas en el tiempo para nuestro imaginario colectivo que casi ni se recuerdan.

Porque con el envite de la larga crisis económica se esfumó como por encanto el cuidador de la Sra. MacDonald, de modo que no sólo perdimos un puesto trabajo, sino también un mucho de humanidad, pero sin llegar a ser desaprensivos en demasía, que tampoco conviene cargar las tintas para no ser tachado de demagogo: el problema se solucionó, después de mucho pensar, con pañales y compresas, ¡a quién no se le había ocurrido antes! La considerable disminución de la partida presupuestaria para ayudas sociales del presupuesto municipal, obligó a replantear, caso a caso, las prestaciones de las que disfrutaban los vecinos necesitados. Cuando llegó su turno, a la Sra. MacDonald se le explicó que por la noches se le pondrían unos modernos pañales por si, entre desvelo y desvelo, sufría algún episodio de incontinencia. Elaine, que es como se llama nuestra protagonista, se opuso a la decisión afirmando que ella no padecía de incontinencia, que lo que no podía era valerse por sí misma para llegar al baño. No hubo nada que hacer, ni tan siquiera ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. La sustitución de cuidador por pañales, dijo este Tribunal, se hizo pensando en el bien común y la gestión de la austeridad no impide a los Estados recortar las prestaciones sociales si la intención con la que se poda es la de que lo poquito que haya se reparta misericordiosamente entre todos.

El Estado social europeo se ha ido desmontando con la crisis sin que los derechos fundamentales hayan sido un dique bastante para impedirlo. Por la misma regla de tres, tampoco serán útiles los derechos para reponerlos. De modo que sólo la política podrá salvarnos. Así que no estaría de más que empezásemos a pensar en como devolverle a la Sra. MacDonald a su cuidador. Su dignidad y la nuestra no la contiene el mejor de los pañales.


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