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Perdón, oh Dios mío

14 feb 2018 / 08:32 h - Actualizado: 14 feb 2018 / 08:32 h.

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En las clases universitarias de Antropología enseñaban que uno de los grandes saltos de las civilizaciones era el cambio en el modo de enterrar a sus difuntos. Si es así, hemos debido batir seguro el récord pasando tan velozmente de las lápidas de nuestros abuelos a los columbarios de nuestros padres. Un cambio de raíz más económica que cultural, eso sí. Donde las prohibitivas tasas de la inmobiliaria póstuma municipal casi han dejado el viejo rito –compruébenlo– para la exuberante clientela calé, primos hermanos de los faraones que se llevaban consigo hasta los yates para cruzar el Nilo celestial. Pero, a qué cuento viene este retal de noviembre ahora. Pues a que la mejor representación del «polvo eres y en polvo te has de convertir» es la insignificante urna donde salimos del crematorio, ese «no somos nadie» que proclama hoy la negra marca en la curva de calavera de nuestra frente. Un tiznón que pareciera entintado no en los olivos carbonizados, sino en la consumición de nuestros huesos en la hitleriana chimenea de San Lázaro. Perdonen lo tétrico pero ese fue siempre el color de este miércoles. Y si la Iglesia le dio la vuelta con el gozoso «conviértete y cree en el Evangelio», el mismo optimismo le han traído al luto las incineraciones. Vivimos estas semanas de ayuno con el tenebroso «Perdón, oh Dios mío» de la penumbra tridentina de traslados y viacrucis, pero en el interior caminamos felices hacia la eclosión de Vida del Domingo de Ramos, donde las lágrimas serán aliviadas por la fragancia del clavel, el aroma dulzón de unas volutas, el tacto de mil sedas y la caricia de la infancia. Pues igual, desde que descansamos en el columbario de nuestra hermandad, hogar cálido de nuestras Imágenes, es como si nuestras cenizas se dirigiesen directamente al cielo desde su sucursal. Esas manos que tantas veces besamos ¿no van a tomar las nuestras, teniéndonos allí, para acompañarnos en nuestra última chicotá de la Canina? Mejor que partir solitarios desde los cementerios donde nuestros esqueletos están olvidados al raso entre cipreses. Las cenizas que hoy nos recuerdan lo que somos, son más que nunca ceniza con sentido, ceniza enamorada. Han encontrado el modo de devolvernos a la Casa del Padre con la alegría de un pie ya puesto en ella. Este mismo Padre que en cuarenta días nos llevará a ver a su Hijo cruzar desde la penitencia a la Vida, desde el Porvenir al Parque.


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