viernes, 24 marzo 2017
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, última actualización

¡Por fin!

11 ene 2017 / 22:42 h - Actualizado: 11 ene 2017 / 22:43 h.

Entramos en diciembre y se van acercando las fechas. Muchos estamos deseando que llegue la Navidad, todos los años iguales y todos diferentes al mismo tiempo; poner el Misterio, árbol de Navidad, comprar la figurita esa que se rompió el año anterior o que ya está deteriorada, las compras de Papá Noel, ¿qué hago en Nochebuena?, ¿y en Navidad?, que no se nos olvide el décimo de lotería que siempre jugamos a medias... Todo ello sin contar lo estimulante y gratificante que es –con sus pro y contras– ver a la familia y amigos, ya que sin estas fechas tan entrañables difícilmente podríamos ver y compartir buenos momentos con todos ellos.

Ahora bien, dicho esto, hay un aspecto donde todos coincidimos... o al menos la mayoría de amigos y compañeros con los que cada uno se rodea, y que sólo me lleva a decir ¡por fin! Por fin se acabaron las comidas de Navidad, esas que hacen que la economía hostelera crezca, los bolsillos disminuyan y los estómagos se malogren y sufran. Sufran hasta niveles insospechados, ya que cuando uno te dice con toda su alegría y buena voluntad: «Oye, el 28 tenemos comida con los antiguos alumnos del colegio», a uno lo primero que le viene es un sudor frío por la frente, y una reflexión consigo mismo: «Uf, otra comida. Yo no puedo más».

Y es que entre los 14 días que van desde Nochebuena al día de Reyes, al menos uno tiene ya concertadas comidas copiosas como Nochebuena, Navidad, Fin de año, Año nuevo y día de Reyes (con roscón incluido). Si sumamos a ello las comidas de navidad del trabajo, del colegio, de la asociación, la de tal o cual grupo más esa que uno no espera y que al final tiene, concluimos que pasamos unas navidades entretenidas gastronómicamente hablando.

Uno –todos los años– hace propósito de enmienda y quedarse con lo verdaderamente importante de la Navidad, y desechar lo menos esencial de la misma. Pero al final –como siempre- termina con unos kilos de más, un estómago dañado, un bolsillo maltrecho y con una expresión que te sale del alma... ¡Por fin!

Pese a todo siempre vale la pena la Navidad.

Mientras tanto, ¡sé feliz!


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