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Pregón de barro

El pregón de Rafa Serna es un monumento al sentido sevillano de la Semana Santa, al color de los ojos con los que miramos a nuestras cofradías, al buen gusto por esos rincones de herencia y compás. Un texto que no se queda en el pensamiento porque viaja por las venas y se aloja en el centro del corazón. Una delicia

14 mar 2016 / 23:02 h - Actualizado: 15 mar 2016 / 11:09 h.
  • Rafa Serna encandiló al público este pasado domingo con su sentido pregón. / José Luis Montero
    Rafa Serna encandiló al público este pasado domingo con su sentido pregón. / José Luis Montero

Será macareno, pero lo parieron alfarero. No es la voz del pregonero sino las manos las que a esta hora, tan pronta a la gloria que conmueve pensarlo, necesitan descanso después de la travesía. Tras manosear la luna y jugar con ella para posarla dentro de un ropero viejo en el que convive una percha vacía que sostuvo ruan y sevillanía, junto a una jubilosa túnica de merino y gloria bendita de murallas y corazas, el pregonero reposa las lágrimas y el éxtasis. Se ha cumplido el sueño de su madre y está cumplido también el encargo de declararle el amor más grande a la ciudad.

Será macareno, pero a esta hora tiene atracado el velero de un pregón memorable en la orilla de la calle Betis. Sus manos han moldeado la cerámica de un pregón memorable, dibujado con los pinceles que sólo manejan quienes un día sintieron en el pecho las manos tiernas y calientes de una madre que se desvivía por convertir a sus hijos en los nazarenos más dignos de la Semana Santa de Sevilla.

Rafa Serna ha levantado con adobe, piedra y gracia sevillana una muralla literaria, bastión defensivo de un idioma que regresaba al atril desde el anuncio de su nombramiento. Un lenguaje universal que entiende esta tierra como propio porque propio es. Con el mismo temple con el que fundieron el bronce de las campanas de la torre grande, el pregonero le ha enseñado al mundo sus manos, las mismas que acariciaron a mediodía el recuerdo de un padre que vivió y murió vestido de negro ruan.

Ha sido un pregonazo. En el fondo y en las formas, en el teatro y en la televisión, por la radio y en las calles. Una emoción muy grande, una entrega, un regalo, un corazón roto al servicio de la causa divina que en Sevilla se hace humana como hacemos de carne la madera de San Lorenzo. Un magnífico anuncio de la semana más importante, una alegría de pregón que nos hizo llorar, un llanto en el texto que nos hizo sonreír. Una delicia.

Será macareno, pero lo parieron alfarero. Y con esas manos abrazó el domingo a la tierra, al aire que no se escapaba, a la luz del sol y a todas y cada una de las túnicas que a esta hora velan oraciones en puertas, lámparas y esquinas de armarios. Rafa ha rubricado sesenta mil papeletas y le ha hecho la ropa a batallones de costaleros dispuestos, como él, a jugarse la vida en un puñado de chicotás.

Un pregón que quería Sevilla, hecho a su manera y semejanza. Arrancado y rematado en el alma y no en la cabeza. Construido a la manera de aquí, con los avíos de la cocina de una ciudad que abre los brazos siempre y que de vez en cuando reclama su sitio. Para que la yerbabuena sea yerbabuena y el romero, romero. Todo en su sitio.

El pregón de Rafa Serna es un monumento al sentido sevillano de la Semana Santa, al color de los ojos con los que miramos a nuestras cofradías, al buen gusto por esos rincones de herencia y compás. Un texto que no se queda en el pensamiento porque viaja por las venas y se aloja en el centro del corazón.

Serás macareno, amigo, pero te parieron alfarero. De lo contrario nadie entendería que anteayer, a la orilla del río, moldearas ese magnífico pregón a la medida de la ciudad más hermosa del mundo. Aquí está mi beso en tus manos, Rafa. Ahora haz con él lo que quieras, llévatelo por las calles de Sevilla. Y, en cuanto puedas, tíraselo a la Esperanza Macarena. En esta ciudad, todo es suyo.


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