viernes, 15 diciembre 2017
16:56
, última actualización

Preludio

19 abr 2017 / 15:54 h - Actualizado: 19 abr 2017 / 15:56 h.
  • Preludio

Por Andrés Arteaga / Ganador de la XI edición www.excelencialiteraria.com

Nunca había salido hasta tan tarde, pero era su última noche de vacaciones, y quiso hacer de ella algo especial, mientras sus padres creían que estaba arriba, en su habitación, durmiendo o contándole alguna historia a su hermano, el «enano», como él le llamaba. Pero el pequeño hacía tiempo que se había dejado vencer por el sueño.

Había esperado a que reinara la calma. No una calma dominada por el silencio; sabía que el momento perfecto era otro: cuando dejaba de oírse el ruido de sus padres recogiendo los platos y empezara el rumor de la televisión. No sabía que ellos no veían ningún programa, que la encendían para que sus hijos pudieran sentirlos cerca, seguros, y que durmieran tranquilos.

Abrió la ventana y una corriente de aire fresco entró en el cuarto. Por un momento imaginó cómo sería volar con el viento... Alzó los ojos al cielo, pero inmediatamente la volvió a bajar. Su padre decía que tenía que mantener los pies en la tierra y pensar como un hombre, no como un pájaro. Por eso, cuando meditaba lo hacía mirando al suelo. No quería que su padre pensara que divagaba, para no decepcionarle.

Estiró el brazo y agarró la rama que tenía enfrente. No le costó mucho subirse al olivo. Había estado todo el verano trepándolo, y lo conocía bastante bien. Tampoco le importaba que la corteza arañara la planta de sus pies. De hecho, prefería palparla, notar sus hendiduras. Así le resultaba mucho más fácil.

Mientras bajaba vio abrirse una ventana. Su hermana June se asomó y le descubrió al momento. Él no se movió. La miró fijamente, sonrió y, lentamente, se llevó el índice a la boca para pedirle silencio. Su hermana le devolvió la sonrisa mientras sellaba sus labios con un candado, que más bien era una promesa.

Saltó a la hierba y empezó a dar la vuelta a la casa. Cruzó despacio el mirador que daba al salón. Al primer paso en falso, su madre le descubriría. Ella tenía un sexto sentido. Aun así, se quedó mirando un rato el interior. Vio que el televisor emitía un documental sobre palomas, pero se fijó en que ni su padre ni su madre estaba prestándole atención.

Se acercó a la entrada con sigilo. Por suerte, la cancela no estaba cerrada. El suyo era un pueblo pequeño, por lo que todos se conocían entre sí. Además allí nadie se atrevería a robar, y menos en una casa a pie de playa, pues no tendría donde esconderse.

Cruzó el umbral que lo separaba de su escapada y puso el pie descalzo en la arena. Estaba fría, lo cual alivió el dolor de los rasguños. Y olía a mar. No había mucha luz, pero de todas formas cerró los ojos. Se sabía el camino de memoria, y quería sentir cada pisada que diera hasta la orilla.

Se acercó poco a poco, saboreando el sonido de las olas. Disfrutaba oyéndolas romper, extenderse y retroceder. Se detuvo a escasos dos metros del agua. Se tumbó, abrió los ojos y entonces la vio.

Era hermosa. Pálida, fría y lejana, pero eso formaba parte de su belleza. Le parecía que brillaba con luz propia. Como pura fantasía. Le parecía plena, un lucero entre las sombras. Su corazón se había acelerado, su imaginación se desbordaba. No podía dejar de mirarla.

Un intenso deseo de ir hacia ella se apoderó de su cuerpo. Quería conocerla. Quería conquistarla. ¿Quién no lo querría? Y en ese preciso instante el joven Neil lo supo. Supo que algún día pisaría la luna.


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