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Primer viernes de marzo

01 mar 2019 / 12:21 h - Actualizado: 01 mar 2019 / 12:27 h.
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Los caprichos de la luna han colocado a este primer viernes de marzo delante de las puertas de la cuaresma. Aún quedan cinco días para ese miércoles que embadurnará de ceniza la espera y terminará de levantar la losa de la memoria. Y la cita, una vez más, es obligada: Joaquín Romero Murube ya hablaba de esta “luz especial”. “Por esta vira de oro de la tarde de marzo, viene Jesús Nazareno” escribió el autor de ‘Sevilla en los labios’ haciendo un hermoso y exacto relato literario de ese retablo de sensaciones y emociones que acompañan el fin de una estación, la bienvenida de otra y –sobre todo- la llegada de ese tiempo sin tiempo en el que volvemos a ser lo que un día fuimos.

Pero los caprichos de la meteorología han querido adelantar esos botones de azahar, espoleados por la brisa templada de las últimas tardes de febrero. La memoria vuelve a volar, evocando al niño que soñaba con la fiesta que estaba por venir. No había más... la certeza de la Semana Santa sólo se hacía presente en aquel aire perfumado de la huerta familiar; en la fragancia desbordante de los naranjos de la calle... Las largas cuaresmas de la infancia retornan ahora, dibujando aquel niño menudo que escapaba de los mayores para probarse –una y mil veces- una escueta túnica blanca en el espejo del cuarto grande.

Son certezas viejas que han reverdecido estos mismos días en los naranjos de Sevilla a la vez que esta “vira de oro de la tarde de marzo” nos conduce a las plantas de Jesús Nazareno. Las flores se han abierto al Sol y el ventarrón incierto terminando de descorrer el cerrojo del recuerdo. Era otro tiempo, también otro lugar, y la ciudad sólo era una presencia remota: la promesa lejana de los tambores roncos; el temblor hermoso que producía la visión del primer nazareno andando con prisas camino de su templo; aquellos siete días en los que se pulverizaba la normalidad. Pero es el azahar, siempre y sólo el azahar, el que nos lleva de la mano al inmenso salón cerrado, a la cara encajada entre los barrotes de ese balcón familiar en el que aprendimos a amar la Semana Santa. Sólo el azahar, que evoca esa luz amarilla, las noches tibias y hasta aquellos relojes que corrían tan despacio.


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