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Queipo de Llano, una ofensa innecesaria

Quizá sea más fácil manosear el tópico de que existen otras prioridades en Sevilla. O caer en la tentación del contrapeso argumental despertando el leviatán de los templos quemados por los republicanos

15 sep 2017 / 08:59 h - Actualizado: 15 sep 2017 / 08:59 h.
  • Queipo de Llano, una ofensa innecesaria

Cuando abro cada madrugada el portón de Radio Sevilla, me detengo a veces en mitad del patio. Desnudo los oídos y me recreo en sus 90 años de historia mientras Ella dormita con el búmetro bajado. Ser el primero en llegar al trabajo me permite oír la Radio en su duermevela, antes del trajín diario; sentir la paradoja del silencio en el templo del sonido. Un extraño paréntesis dentro de la historia de música y voz que ha acompañado, entretenido y emocionado a generaciones de sevillanos durante casi un siglo.

Debo confesar que hace 20 años, en los comienzos de mi carrera profesional, aligeraba el paso hacia la redacción, inquieto por aquellas historias de fantasmas, soflamas y ondas de sangre. Pasado el tiempo, sin embargo, me paro a mirar el lugar donde Gonzalo Queipo de Llano, supuestamente, lanzaba sus arengas desde el micrófono de Unión Radio Sevilla. Digo supuestamente, porque en realidad, era el técnico Manuel Tierno quien acudía con el magnetófono Nagra a la Capitanía en la Plaza de la Gavidia, donde el golpista inmortalizaba los mensajes que posteriormente emitía la emisora desde la calle Rafael González Abreu. Cuentan que aquel entrañable técnico de la radio era la única persona capaz de mandar a callar al General para comenzar la grabación, sin que éste se molestara...

Queipo forma parte de la historia de Radio Sevilla, porque la secuestró. Es un hecho objetivo por más que nunca hubiéramos querido que ocurriese. Su voz de locutor sádico flota en la memoria colectiva de la casa, parasitando a las grandes voces de Rafael Santisteban, Carmen Muñoz; Marisa Carrillo, Pepín Cuesta; Juan Bustos, Juan Tribuna; Manuel Alonso Vicedo, Iñaki Gabilondo o María Esperanza Sánchez. Así de injusto.

No podemos cambiar la historia, pero sí podemos interpretarla con honestidad, fundiéndola con la memoria. Por eso el micrófono de Queipo que se exhibe en el Museo Histórico Militar de Capitanía ha formado parte de la exposición conmemorativa de los 90 años de Radio Sevilla. En aquella muestra, quisimos detallar junto al icónico micro quién fue el genocida que torturó, humilló y crucificó. El General que flageló y coronó de espinas la vida y la muerte de miles de personas. Una acémila que dictaba sentencias fúnebres sin lavarse las manos en una palangana, que hundía sin rubor su lanza en el costado de la gente; juez y verdugo dominante en un devastador Vía Crucis de fosas comunes repartidas por toda Andalucía.

Alguien así, desprovisto de sentimientos y humanidad, ¿Puede ser un buen macareno?

La asepsia y la equidistancia son cómplices interesantes para huir de la responsabilidad y el compromiso. Quizá sea más fácil manosear el tópico de que existen otras prioridades mucho más urgentes en Sevilla. O caer en la tentación del contrapeso argumental despertando el leviatán de los templos e imágenes quemados por los republicanos; o desacreditar a muchos de quienes piden la exhumación de Queipo porque carecen de la condición de cristiano. Podemos seguir poniendo mil excusas, mirar al dedo y no a la luna; vendarnos los ojos para que no sienta el corazón. Pero mañana saldrá el sol. Y una tumba ilegítima seguirá brillando en la casa de Dios y del pueblo de Sevilla, sobre los cimientos de Casa Cornelio, la taberna de la Sevilla roja destruida a cañonazos. Paradojas de la vida.

Ante tal caso, conviene dejar claro que hoy existe al fin un argumento ineludible para intervenir: la ley de Memoria Democrática. Sacar a Queipo de la Macarena no sólo es una obligación moral o un acto de reparación de una histórica injusticia. Es, ante todo, una exigencia legal. No hacerlo significa incumplir la Ley, contraviniendo a las instituciones en las que reside el poder de nuestra democracia.

La basílica es privada, pero La Macarena es de todos. Sólo a la ciudad pertenece su Esperanza. Obviar la proyección pública de la sede de la Hermandad es un vano ejercicio de melancolía.

Hay que sacar a Queipo por el bien de Sevilla y de la Macarena. Y la Hermandad debe hacerlo, aunque sea en defensa propia. En primer lugar, por estricto cumplimiento de la Ley de Memoria Democrática de Andalucía, que prohíbe los símbolos del franquismo en lugares privados con proyección pública. En segundo lugar, porque mantener en un lugar de honor los restos de un genocida, echa por tierra el buen nombre de una corporación ejemplar. Así ha ocurrido en Navarra al sacar de un templo sagrado los restos de los generales Mola y Sanjurjo y entregarlos respetuosamente a sus familiares. Los pamploneses han actuado con serenidad y madurez, primando la memoria y el sentido común sobre asepsias y equidistancias.

Como en el cuento de Monterroso, el monstruo seguirá allí mientras no hagamos nada –de forma legal y razonable- para desterrarlo de nuestras peores pesadillas. El hecho de que se comportara como una bestia no puede cegarnos al punto de ponernos a su altura. Somos mejores. Y lo es la hermandad de la Macarena, que está muy por encima. Su vocación universal, su formidable labor social; la Junta de Gobierno y su actual hermano mayor, Manolo García, dan todos los días muestra de su categoría y buen hacer. Ellos saben, sin embargo, que haber sido hermano mayor no debe ser motivo de aforamiento, en la vida ni en la muerte.

Soy cristiano y devoto de la Virgen de la Esperanza Macarena, el barrio de mi madre. Y quiso el destino que mi bisabuelo materno fuera asesinado. Le dispararon por la espalda las tropas de aquel Virrey. Nunca he sentido ansias de venganza. Nadie me las transmitió. Pero cada vez que entro en la basílica no puedo sustraerme al reencuentro con el asesino. ¿Debemos anestesiar el sentimiento? ¿O mirarla sólo al rostro y no al fajín cuando le pedimos salud y esperanza para los nuestros en la amanecida de la calle Parras?

Pensemos en los que tanto sufrieron ante los ojos del Señor de la Sentencia. Comprenderlos y abrazarlos. Darles esperanza en la justicia. Eso es ser un buen macareno: una actitud vital, un compromiso que excede a lo material, cuyo valor trasciende al precio de los ladrillos que puso el General.

Quienes debaten contra la exhumación en lugar de hacerlo sobre ella, alertan de que significará desenterrar el dolor y el odio, sin reparar en que ocurre precisamente lo contrario. No es revisionismo, sino reparación del daño. No se trata de abrir la caja de Pandora sino de cerrar uno de los capítulos más negros de nuestra historia. La tumba de Queipo es una provocación innecesaria. Una clara ofensa que dura ya demasiado en nuestra casa de la Macarena.

Sólo haciendo frente a nuestros fantasmas lograremos vencerlos y curar heridas abiertas que nunca cicatrizaron por la hondura del dolor en la piedra fusilada de la vecina muralla.

Hagámoslo unidos bajo el mismo Arco. Nunca movidos por la venganza sino por una justa reparación del dolor para miles de familias. Es sencillamente, una cuestión de ley y de Esperanza.


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