martes, 22 enero 2019
18:15
, última actualización

Quico Rivas, el aristoácrata (II)

11 nov 2018 / 10:46 h - Actualizado: 10 nov 2018 / 17:58 h.
  • Quico Rivas, el aristoácrata (II)

TAGS:

Ser un aristoácrata no es un mero juego de palabras, una unión en apariencia dispar como podría ser en principio, la concentración en una misma persona de dos circunstancias: una devenida consanguíneamente en cuanto a sus orígenes, como fue el ostentar el título nobiliario de V conde de la Salceda, y otra elegida por decisión vital, como fuera su militancia en partidos de izquierda relacionados en primer lugar con Acción Comunista y con el Anarquismo después. Tampoco, porque no tiene porqué necesariamente ser una contradicción, el que una misma persona sea ambas cosas a la vez. En cierto sentido -si no lo es en todos- las dos actitudes suponen todo eso que tiene que ver con los valores éticos y el compromiso. De manera que lo primero que nos chocaría de él (o en él) y en un primer acercamiento a estas circunstancias vitales, es cómo supo integrar esas dos condiciones tan proclives a miles de interpretaciones a los ojos de hoy, donde aristocracia y acracia parecen cosas de diplodocus.

Y sí, por donde quiera que comencemos a introducirnos en lo que pudo ser la vida de Quico Rivas, se hace patente el hecho que desde los 16 años y cuando estudiaba Bachillerato en el I.E.S. Fernando de Herrera de Sevilla, ya se esforzara por ser un trabajador de la cultura a la vez que alguien preocupado por cambiar en la medida que le fuese posible, las condiciones sociales y culturales de la época. Circunstancias que irremediablemente le destinaron a ser un intermediario entre los creadores y la prensa, entre la edición y los museos, entre los galeristas y los “entes” oficiales, a la par que ser un puente entre los acontecimientos históricos por los que pasaba este país y su posibilidad de seguirlos en primera persona, de intentar configurar un sistema basado en la equidad, la justicia, la solidaridad, ...eligiendo para esto tanto los cauces establecidos, como la protesta como reivindicación. También, porque con ello se unía al antifranquismo llevada a cabo por la clase obrera y por una élite intelectual, al tiempo que aceptaba fidelidad a su familia.

Pero una exposición de las características de esta que no oculta sus documentos artísticos ni políticos, su paso por la cárcel, su factor de “agit prop”, sus relaciones con sus amigos artistas y grupos revolucionarios, es mucho más que eso. No sólo hace un repaso a su breve e intensa vida (de 1953 a 2008), sino que se integra para formar una parte de la nuestra no sólo por cuestiones generacionales (por arriba y por debajo de su periodo activo que prolonga hasta pocos días de su fallecimiento), sino porque en ella está por supuesto él, su mundo, sus cosas, sus escritos, fotos, apuntes, libros, creaciones, ... todo lo que fue haciendo como prolongaciones de sí mismo, comenzando por su colaboración en este mismo periódico El Correo de Andalucía, donde junto a Antonio Bonet Correa y su inseparable Juan Manuel Bonet, dejaron constancia de los autores más significativos que exponían en Sevilla y de esa nueva Vanguardia que tanto contribuyó/-yeron, a eclosionar.

Los carteles, catálogos, notas manuscritas, mecanografiadas o editadas, dan cuenta de esa lejana ya Edad de Oro (título del extraordinario programa de Paloma Chamorro en TV española en el que también él participó, como en el programa Trazos), de lo que fueron quienes tuvieron la suerte de entender que el arte daba un vuelco diametralmente opuesto a lo anterior.

No acaba en las artes visuales -incluidas la edición, el cartelismo y el diseño gráfico- el interés de Quico Rivas a lo largo de sus 55 años de existencia apurados al máximo, pues en esa confluencia existencial, se relacionó con músicos, poetas, las vidas de otros bohemios, aristócratas y anarquistas, a los que rescató (como Pedro Luis de Gávez) y a músicos como Silvio Rodríguez y Camarón de la Isla, etc.

Vitrinas con bocetos, cuadernos -también los salvados de un incendio en una de las residencias que habitó, a las que iba, volvía, regresaba siempre- álbumes para sus hijas, proyectos diarísticos,...carátulas de discos, auriculares con grabaciones, monitores y pantallas,...,....que se despliegan como una hydra infinita.

En definitiva, lo que supone todo este material hasta ahora inédito en el rescate de un actor tan fundamental en muchos sentidos, lo que pone en evidencia, es lo que fuimos -al menos esa minoría que rompía con los modelos tradicionales- y los que entendían/-ámos, que al fin (después de los intentos de las primeras décadas del XX y de los 50), que el arte que se hacía aquí estaba al mismo nivel que el internacional, teniendo como referencia principalmente ahora el informalismo neoyorkino y el pop. Lo entendió perfectamente Quico Rivas cuando recorría los museos y los grandes factótums del arte por Europa, o cuando cruzó el charco para seguir aprendiendo, conocer personalmente a Andy Warhol y le organizarle una exposición. También cuando apostó -al organizarle exposiciones o escribir de ellos- por los jóvenes expresionistas abstractos, la nueva figuración, la neobarroquizante, los herederos de aquello que se llamó la transvanguardia, el póvera o el (neo)conceptual. Autores y estilos de los que esta poliédrica y antológica muestra también se ocupa, que influenciaron en sus obras o fuese él quien los contaminara.


  • 1