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Desvariando

Reconocimientos

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
17 feb 2019 / 10:46 h - Actualizado: 17 feb 2019 / 10:48 h.

Es curioso el valor que le damos a veces a ser o no reconocido entre los tuyos por una labor concreta o por el simple hecho de ser buena persona, buen hijo, buen padre o buen amigo. Nunca olvidaré el día que mi madre, un mes antes de morir de un ictus que le paralizó medio cuerpo, me miró con ternura y me dijo que había sido un buen hijo. Ella, que no era precisamente muy dada a la lisonja fácil que empobrece a quien la recibe, a elogiar a nadie sino más bien todo lo contrario: era una persona tremendamente crítica con todo y con todos. Había que ganarse sus elogios o no había nada que hacer.

Cuando me dijo que había sido un buen hijo le acababa de dar una papilla de verduras con una jeringa, como se les da de comer a los inseparables o agapornis. Dependía totalmente de mí y de mis hermanos para alimentarse, lavarse o ir al baño. Quizá por eso decidió decirme lo que me dijo, porque sabía lo que hacíamos por ella y era su manera de premiarnos. Entonces decidí decirle también lo que le había dicho muchas veces, que había sido una gran madre, la mejor. También quería premiar toda una vida dedicada sus hijos, con sus aciertos y errores, en una época muy dura de la historia de esta España hoy tan rara.

Quedarse viuda con 33 años, tres niños de entre cuatro y un año de edad, sin paga y pobre como una mosca, y sacarnos adelante como lo hizo, trabajando como una mula de día y de noche, sin desfallecer jamás, era algo que solo podía hacer una mujer como mi madre. Nadie le reconoció nunca su trabajo, salvo sus hijos. Nunca le dieron una medalla, una insignia de oro, una placa o un diploma en el que pusiera: “A Josefa Casado Rodríguez, por su abnegada lucha en pro de sus hijos”.

Ni ella lo pidió nunca, como se hace hoy mucho, que la gente pide homenajes en las redes sociales como quien pide un kilo de bacaladillas en Mercadona. Como mucho, doña Josefa dijo alguna vez, cuando se mosqueaba, que la deberíamos haber tenido en un altar. Solo nos faltó eso, ponerle una capilla en la huerta de Antonio Reina, de Arahal, donde fue una niña feliz. Todavía no es tarde.

Se acerca el Día de Andalucía y he recibido llamadas de artistas o personas relacionadas con el arte para pedirme que reclamara desde El Correo que su pueblo los homenajeara con motivo de esta fecha tan importante en nuestra región. “Que he luchao mucho, joé”, me dijo un cantaor ya madurito. He pedido a veces la Medalla de Andalucía para artistas como Manuel Gerena, Pepe Suero u otros, pero nunca para alguien que me pidiera que lo hiciera. Entiendo que es importante ser reconocido en tu pueblo, pero no de esa manera.

Fui nombrado Hijo Adoptivo de Palomares del Río hace ya muchos años, sin pedirlo, por haberme criado en ese pueblo y contribuir a que fuera más conocido a través de mis artículos. Fue algo muy hermoso que me llegó al alma y que mi madre celebró como si fuera el Nobel de Literatura. Eso sí, preguntó por lo bajini en pleno acto de entrega del galardón: “¿Dinero no te dan, solo el cuadro? ¿Ni el cáncamo siquiera?”. El cantaor gaditano Chano Lobato, afincado en Sevilla muchos años, donde murió, tuvo un día un buen golpe cuando cansado de recibir placas y de no trabajar mucho, dijo al final de la entrega de una de estas distinciones en una peña flamenca: “¿No me vais a dar ni siquiera para el Sidol?

Es bonito ser reconocido por tu labor profesional, pero lo que es hermoso de verdad es serlo en tu propia familia o entre tus amigos más íntimos. Hay menos hipocresía que en esas instituciones que se mueven casi siempre por intereses y que antes de darte un premio miran a ver por dónde respiras políticamente.

Les cuento una anécdota. Hará tres o cuatro años me llamó alguien del Ayuntamiento de Arahal para decirme que iba a proponer que con motivo del Día de Andalucía tuvieran un detallito conmigo en el pueblo donde nací. Era solo un funcionario, no un concejal ni el alcalde. “Tú ve haciendo méritos mientras, para que sea más fácil lograr el asunto”.

Me quedo con el reconocimiento de mi madre aquel día en su casa de Palmete mientras le daba una papilla de verduras y me miraba con una ternura que aún tengo en el alma.


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