domingo, 16 septiembre 2018
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, última actualización
Fin de pista

Riesgos ciertos

28 ago 2018 / 22:00 h - Actualizado: 28 ago 2018 / 22:00 h.

Más allá de la carta de monseñor Viganò, el actual papado se encuentra con un problema de compleja solución. La Iglesia Católica se vertebra en torno a una férrea jerarquía que tiene su cúspide en el obispo de Roma. Ésa ha sido su mayor fortaleza a lo largo de una historia que no siempre ha sido idílica.

Francisco, o Bergolio, ha arrancado tantos y tantos oropeles a las sandalias del Pescador, ha echado abajo tantos diques, que se ha colocado peligrosamente a la misma altura de otros prelados que, como el antiguo nuncio Viganò, no tienen empacho en dirigir su dedo acusador al mismísimo Papa atribuyéndole el papel de encubridor en el enojoso caso de los abusos de McCarrick.

Se está creando un precedente gravísimo que podría llevar a Francisco a un terreno peligroso. El ataque frontal, casi desenfadado, sólo es la fachada de una contestación coral a algunas supuestas tibiezas en asuntos de doctrina. Lo que empieza como protesta, cada vez más audible, podría convertirse en cisma.

Francisco tiene ahora delante el mayor problema de su papado. No se trata de subirse de nuevo a aquella silla gestatoria a la que renunció Pablo VI. Los tiempos son otros pero ese ruido de báculos sólo puede atajarse volviéndose a sentar en la cátedra de Pedro, recuperando el brillo áulico del poder de Roma y llamando al orden, sin excusas ni contemplaciones, a los disidentes. El lance ofrece una experiencia para el futuro de la viña del Señor: los hombres pasan pero el Papa, con toda su grandeza, debe permanecer.


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