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Rocío

13 may 2018 / 09:14 h - Actualizado: 13 may 2018 / 09:14 h.

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Como colgaban hace apenas dos meses las túnicas de nazareno de armarios y puertas, ahora lo hacen trajes y batas rocieras. Como sacábamos brillo a las medallas para acudir a los cultos y portarlas al cuello durante la estación de penitencia, ahora repasamos las de nuestra hermandad rociera, esos cordones gastados y llenos de sudor y polvo que marcan la antigüedad en las arenas. Las alpargatas se cambian por los botos, ya con su repaso de cera. Los quinarios, por novenas y triduos. Y las funciones cambian de titular para estar presididos por unos Simpecados, presencia cercana y permanente, referencia constante, de la que vive, por decisión propia, junto a las marismas de Doñana, en Almonte. Uno y otro, caminos preparatorios para llegar al mismo destino. Desde la penitencia o el sacrificio vivido con alegría al encuentro con el Señor resucitado en la Pascua o para disponernos a recibir el Paráclito prometido, el Espíritu Santo que conquistó a la Virgen un 25 de marzo y que Ella aguardó junto a los apóstoles en Pentecostés.

Desde Bruselas, Córdoba, La Línea, Ayamonte o Sevilla. Con la Primera y Más Antigua o con la filial 121 que este año se estrena ante la Blanca Paloma. A pie, a caballo, en carriola o en todoterreno. Con lo puesto y una mochila; o en una caravana de lujo a la que no le falta detalle, todos emprendemos un camino esta semana que nos lleva al mismo destino, movidos por la misma devoción, por una fe común que en estos días, especialmente, compartimos. Porque sí, porque detrás de la algarabía, de la fiesta, de los cantes y las palmas, hay una fe que mueve montañas, que nos arrastra sin pensar en distancias, que nos lleva a sus plantas en estos días de romería y en otros de soledad a lo largo del año; porque aquí se entiende como en ninguna parte que la fe se vive con alegría, que somos testigos de esperanza, que lo bueno y lo malo vienen con nosotros porque por todo hay que dar gracias o pedir una gracia; porque el Rocío es un compromiso permanente, en el que la Virgen es a la vez asidero, vara para el camino, agua para la sed, sombrero para el sol y manta para el frío, reja de los sueños, salto incontenible, encuentro en la madrugada y luz de la mañana, consuelo y esperanza, rocío que empapa las almas. Y el Rocío es encuentro y hermandad, son siete escalones y mil sevillanas, rezos y cantes rodeando la carreta de plata en la noche del camino, son velas de promesa, rostros agotados, rodillas gastadas, sombreros cantando al unísono, carretas adornadas con mimo, bueyes y mulas; margaritas, romero y amapolas. Guadalquivir, Quema y Ajolí. Rocío es el que no se pierde ni uno, el que hace el camino, el que este año no puede, el que se escapa la mañana del Lunes de Pentecostés, el que lo llora en la distancia, el que va cualquier día a verla y el que no se separa nunca... El Rocío es Helena, Juan Ignacio y Santi, María y Miguel, Susana, Gloria, Javier, Concha, Carlos y Nacho, Diego, Juan, Pepe, Manolo, Charo y Manuel. Quizás todo esto quiso resumir el papa San Juan Pablo II en aquel «que todo el mundo sea rociero» hace 25 años.


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