lunes, 29 mayo 2017
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Semana Santa ‘secuestrada’

12 may 2017 / 10:07 h - Actualizado: 12 may 2017 / 10:13 h.

Arrupe fue un heterodoxo para aquella Iglesia que le condenó a la obediencia.

Sin embargo, fue el Padre Arrupe quien mejor definió la religiosidad popular, cuando dijo que la conmemoración de la muerte de Cristo tenía un sentido de inspiración en un clima de mística entusiasta; no en vano nació por segunda vez en Hiroshima, donde atendió como médico primero, y después como sacerdote, a las víctimas de aquella bomba que los americanos llamaron Little Boy.

La Madrugada del Viernes Santo no fue resultado de un complot. No hay otra intriga que el miedo que adorna la decadencia de Europa. Aun hoy, los reclamos publicitarios sobre dicho canguelo resuenan al abrigo de promociones siempre raudas a plusvalías sobre la fragilidad de existir.

Debe ser por eso por lo que Espadas brama por cerrar la madrugada, colmarla de vallas, haciendo estéril la tarea de una mínima botella de agua, justo en el momento de canciones tristes «como el murmullo del olivo seco».

La Semana Santa es un ejercicio herético y ortodoxo a la vez. Por eso cualquier regulación solo puede interpretarse al abrigo del envanecimiento o del entontecimiento confundiendo amargura y calamidad.

Aquella mezcla de religiosidad popular donde también llorara a los sones de la Estrella Martínez Barrio en la zona quebrada allende casa Cornelio, parece querer transformarse en el reducto de unos pocos.

Un santuario de sillas en la Carrera Oficial; o de balcones donde ser vistos por la muchedumbre gritando «guapa, guapa».

Debe ser que me he vuelto sentimental. Pero sellar la madrugada me ha traído la memoria de bético antiguo, que se pregunta qué podemos esperar de una ciudad que blinda esta Semana y abre la Feria excluyendo a los sevillanos.

Arrupe recorrió el largo camino entre Hiroshima y la Prefectura de los jesuitas. En ese sendero que a veces encierra el laberinto de un trayecto abrupto, es claro que los mejores sueñan con una madrugada libre que reconstruya su pasado hacia padres y madres que ya no están; con móvil mirando al cielo durante la Saeta al Gitano. Unos ojos que amaron la ciudad pretérita, sin trabas encorsetando sus lágrimas en la calle Parras o el Puente de Triana.

Sevilla es la bulla y el no pagar un tranvía que nos devuelve a la infancia.

Porque no hay sevillano que no sueñe con su Semana «más apretados que los tornillos de un submarino», es decir, un poco de gloria efímera imperdurable.


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