lunes, 27 mayo 2019
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Serendipias feministas

30 dic 2018 / 08:50 h - Actualizado: 30 dic 2018 / 08:54 h.

A punto de finalizar el año, los buenos propósitos y la proyección de nuevas metas y objetivos que cumplir, copan parte de nuestros pensamientos. Después de un 2018 histórico para el movimiento feminista, es momento de analizar desde el pensamiento critico la directrices a tomar para seguir trabajándonos como mujeres libres. El movimiento metoo, el triunfo del deporte femenino de competición, la huelga feminista del 8 de marzo y cientos de acciones individuales en nuestro entorno más cercano que hemos propiciado, resumen nuestra intención de mantenernos unidas en la defensa de nuestros derechos.

Si una cosa me ha enseñado el 2018, es que las mujeres no somos lo que el patriarcado ha proyectado de nosotras. Somos algo más que ese retrato deforme, homogéneo, y desenfocado en el que nos hacen mirarnos. Imposible sentirse identificada con los trazos toscos del androcentrismo. Por eso recurriendo a Marta Sanz, le pido prestado un concepto con el que titula su último libro, para hablar de las mujeres haciendo alusión a las “centauras”. Esos seres mitológicos en los que lo animal y lo humano se abrazan de forma magistral, para enseñarnos al mundo que estas fusiones antagónicas, conforman nuestra naturaleza compleja. Avanzar por el camino de la igualdad y el feminismo, implica reconocer que las mujeres somos seres cíclicos y nuestra evolución emocional y física es fruto de estas dualidades en las que nos movemos. Como si observáramos a través de un caleidoscopio, definirnos como mujer implica unir todas las teselas con armonía y respeto para crear un todo, una figura geométrica que hoy tiene una forma y mañana otra, según giremos el tubo.

Por eso precisamente, por nuestra naturaleza centaura, tenemos la obligación de dejar a un lado el prosumo cultural, producto de la mirada masculina, para alimentarnos desde la creación femenina. Mujeres, reales y ficticias, que nos encontramos cada día, a las que el patriarcado ha invisibilizado y a las que hay que rescatar. Alimentarnos de ellas y además ofrecer a otras, desde la sororidad, nuestra energía.

Remedios Zafra, en uno de sus innumerables ensayos habla del prosumo, como esa simbiosis de producción y consumo, para hacer referencia al trabajo no remunerado (tareas domésticas, cuidados, acciones de voluntariado) imprescindibles en nuestra sociedad para que la maquinaria del capitalismo siga funcionando. Alerta de que cuando el concepto de filantropía y generosidad se mezclan, nos conduce peligrosamente a la explotación. Y ¿adivinan quién la sufre? exacto: nosotras.

Por eso, como buenos propósitos para el 2019 nos vamos a marcar al menos dos objetivos: sustituir el prosumo por autoconciencia y construirnos desde miradas femeninas. El arte, la cultura, la literatura y nuestro entorno más cercano, esta plagado de mujeres que nos ayudan a completar nuestros propios mapas de vida.

Leer lo que han escrito otras mujeres, apostar por la literatura feminista, implica reconstruir nuestra identidad fuera de patrones establecidos. Estamos atrapadas en la rueda del consumo y nos convertimos en objeto y sujeto, porque así lo quiere el capitalismo. ¿Cuántas mujeres nos miran a diario sin que nosotras mismas les prestemos atención? ¿a que se debe esa búsqueda de nuestra propia identidad femenina desde la absorción del modelo cultural/ideológico hegemónico?

Hace unos días, paseando por las galerías del museo Thyssen-Bornemisza, viendo la obra del alemán Max Beckmann, pintor realista, hijo del exilio nazi, me cruce con una mujer hipnótica, algo atípica. Demasiada maquillada, para el momento histórico en el que fue retratada. Con un cigarro en la mano y unos ojos que transmitían decisión, inteligencia, rebeldía y algo más a lo que no sabia ponerle nombre en ese momento. Cuando averigüe quien era “Quappi, con suéter rosa”, me di cuenta de lo que había detrás de esa mirada. Lo mismo que en la de Gala, Penélope, Sylvette David, Eva Perón... y muchas mujeres más, que pasaron de puntilla por la vida, para no eclipsar demasiado a sus maridos. Conmigo no ha funcionado, a partir de ahora la mirada de Quappi forma parte de mi caleidoscopio. Porque conocerla implica salir de la obra de Max y de su mirada masculina. Amante de la cultura y la música, inteligente y audaz, solo pudo resacirse con la publicación de sus memorias, en la que Quappi habla de sus renuncias profesionales para acompañar al artista. Un pintor demente, de idas y venidas, con esos picos de locura y egocentrismo que también salpican las obra de Dalí o Picasso. Hombres que necesitaban musas en las que inspirarse y a las que pintar. Todos las retrataron libres, emancipadas, proyectadas como objeto de fantasía.

Somos centauras porque para construirnos no nos queda de otra que recolectar nuestros relatos y a la vez aprender a releer los relatos que han construido de nosotras los hombres a lo largo de la historia. Con los que hemos aprendido a ver el mundo y en el que han sido educadas nuestras voces. Soy un poco parte de todas aquellas mujeres, reales o ficticias, que aparecen en mi vida. Leer y consumir desde una mirada femenina, me ha ayudado a reconocerlas, a ellas. Mis musas, mis referentes. Invisibles para el mundo, pero no para mi. Las identifico casi siempre detrás de un hombre, casi siempre ocultas, en un segundo plano. Pero sólo hace faltar rascar un poco para ver más, sus renuncias, sus luchas internas, su talento y sobre todo su poder. Desde el que nacen mujeres singulares, únicas, inteligentes, inconformistas... que vivieron épocas pasadas y que vuelven a nuestro presente para reclamar sus espacios. Para que las mujeres de siglo XXI le concedamos el milagro de devolverles la voz que una vez le arrebataron.

@Pepavioleta


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