sábado, 25 noviembre 2017
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Setenta veces siete

01 oct 2017 / 15:38 h - Actualizado: 01 oct 2017 / 15:38 h.

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Además del derecho a decidir a través de una votación legal –sean elecciones o referendos–, los españoles también tenemos derecho a la libertad religiosa. Y ésta empieza en el momento en el que yo decido bautizarme y confirmarme y termina en el respeto a la persona que dice no creer en nada o que cree en un Dios al que llama de forma diferente. Con el añadido, de que mi religión –afortunadamente– me empuja a amar a todos pese a todas las diferencias. Esta libertad determina que pueden existir templos donde orar y adorar a mi Dios –igual que al de los otros–, compartir y acoger a otros. Templos en los que no es obligatorio entrar pero a los que se puede acceder libremente, siempre con el respeto debido, si no por lo que albergan sí por las personas que allí están. Templos que, además, suelen tener un importante valor histórico y patrimonial y que, desgraciadamente, cada vez se ven atacados con más asiduidad.

El último caso lo sufrió, nuevamente, la iglesia de Santa Marina, sede canónica de la hermandad de la Resurrección –que además sufrió el robo de las joyas de su dolorosa el pasado mayo, aunque por motivos bien distintos–. Una pintada de una cruz invertida, símbolo del demonio, en el portalón de madera de la fachada principal, en otro ataque a un templo ya habituado a grafitis proabortistas y hasta al intento de provocar un incendio. En aquel momento, la hermandad respondió con un tuit, tras limpiar las pintadas, perdonando a los atacantes, porque así nos lo enseñó el líder de nuestra religión. Y en esta ocasión, además del comportamiento ejemplar de la cofradía, hubo otro tuit que recordaba que en una cruz bocabajo pidió ser crucificado San Pedro por entender que no merecía morir igual que el Señor. De modo que esta pintada ofensiva cobraba un nuevo sentido.

Sin embargo, no podemos olvidar la intención de este y otros actos similares en este y otros templos. No son más que un ataque a nuestra religión –la de todos los cofrades, al menos esto se nos supone– y a lo que representa, un ataque a todos los cristianos. ¿Por qué? ¿En qué molesta un templo, en qué molestamos los cristianos? El autor es libre de creer en lo que quiera o no creer en nada, de rezar o no hacerlo, porque nuestro país es aconfesional y porque tenemos –tanto él como nosotros– derecho a la libertad religiosa, ¿por qué no opina libremente sin tener que atacar a nada ni nadie? No te gusta la religión, dilo o ignórala; no te gustan los templos, déjalos en paz, nadie te obliga a entrar.

Entretanto, setenta veces siete.


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