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Alguien tenía que decirlo

Sin mirar atrás

26 ago 2017 / 18:38 h - Actualizado: 26 ago 2017 / 18:38 h.

Este fin de semana se cumplen diez años de un partido histórico en el fútbol español. No fue una final, ni un Clásico, ni un derbi. Fue el encuentro en el que uno de los jugadores más queridos del Sevilla decía adiós para siempre. No suelo caer en la literatura gratuita hacia su figura, pero ahora, una década después de su muerte, he querido recordar cómo Antonio Puerta se sobrepuso, en realidad, a la muerte. En sentido figurado pero también real. No hay un solo partido en el que el público del estadio llamado Ramón Sánchez-Pizjuán -otro histórico del Sevilla FC que se fue antes de tiempo- se olvide, entre cántico y cántico, de gritar a los cuatro vientos el nombre de Puerta. No hay verano, salvo por causas de fuerza mayor, en el que el Sevilla no se acuerde de su exfutbolista con un partido en la Bombonera de Nervión. No hay un aspirante a lo que logró Antonio que no le mire a los ojos todos los días cuando cruza las puertas de la ciudad deportiva.

Por tanto, no hay un solo sevillista al que no le recorra un escalofrío al hablar de un partido entre el Sevilla y el Getafe justo en estos días de triste efeméride. Porque aquel partido de hace una década fue un Sevilla-Getafe. La memoria de Antonio Puerta venció a la muerte, seguramente de forma más clara que la de Pedro Berruezo o Spencer, los otros caídos en acto de servicio, porque su fallecimiento fue televisado. La crueldad de ver en directo -los 40.000 de las gradas y los miles de telespectadores- a un jugador tan querido como Antonio desvanecerse en el césped multiplicó el sobrecogimiento hasta límites afortunadamente no vueltos a alcanzar. Hasta el punto de vivir momentos inolvidables en la siempre dual y enfrentada Sevilla futbolera.

Pero hoy, diez años después de que empezáramos a darnos cuenta de que no saldría jamás del hospital, me gustaría recordar cómo Antonio Puerta no sólo venció a la muerte en sentido simbólico a través del constante recuerdo de su gente, o salvando vidas mejorando controles y asistencia médica en las instalaciones deportivas, sino que tuvo los cojones suficientes para desafiar a la ciencia y decirle a la cara a la muerte que no, que todavía no, que del césped del Ramón Sánchez-Pizjuán él salía por derecho, andando, a pesar de que su corazón decía que no podía hacerlo. Después se entregaría a su destino, pero delante de su gente, ni hablar. Y así se marchó hace justo diez años, andando, por la puerta grande, sin mirar atrás, entre palmas de esas que dicen que nadie podrá imitar.


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