martes, 14 agosto 2018
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Soy una chica normal

08 ene 2018 / 16:46 h - Actualizado: 08 ene 2018 / 16:48 h.
  • Soy una chica normal

Por María Lucini, ganadora de la XIII edición

www.excelencialiteraria.com

Me llamo Raquel y soy una chica normal. Tengo diecisiete años y, como todos los chicos de mi edad, voy al instituto.

Cada día me levanto a las ocho de la mañana, me visto, desayuno y estoy lista para salir. Mi madre me lleva en coche, aparca en la puerta del colegio, me despido de ella y cruzo el portal del centro.

Llego a clase. Estoy bien; no siento nada extraño. Hablo con mis compañeros antes de que llegue la profesora. Me encuentro a gusto con ellos, como siempre.

Entra la profesora y hasta este momento todo ha sido como de costumbre.

Ella empieza con sus explicaciones. Al principio consigo entender lo que dice, pero después de unos minutos me doy cuenta de que he dejado de prestarle atención. Pongo esfuerzo en intentar concentrarme de nuevo y mi mente vuelve a la clase. Me mantengo atenta un buen rato, hasta que mi imaginación vuela de nuevo.

Toca el timbre de la segunda hora.

Noto en mi cabeza una especie de zumbido que, de entrada y sin aviso previo, me impide prestar atención. El profesor comienza a hablar, pero no logro comprender nada de lo que dice. Es como si estuviera hablando debajo del agua. Pongo todas mis facultades en intentar comprenderle, pero un pensamiento de «me estoy desconcentrando» me presiona la cabeza. Me duele saber que no estoy haciendo las cosas de manera perfecta, y mi atención en el aula necesita ser perfecta para sacar notas perfectas y hacer una selectividad perfecta.

Esta presión termina por dominarme y me impide centrarme. Sigo dándole vueltas a este malestar y comienzo a consultar el reloj a cada poco, anhelando que esta situación que me supera termine. Pero el tiempo transcurre lentamente. Una barrera, un «no puedo», colma mi mente.

Todo ha cambiado: no puedo seguir en clase. No puedo concentrarme. No puedo hacerlo perfecto. No puedo sacar buenas notas. No puedo aprobar selectividad.

Me llega una arcada y tengo que salir a vomitar. Luego, entro de nuevo en clase y termina la segunda hora.

Me encierro en el baño y me echo a llorar. El «no puedo» hace que empiece a temblar y mi llanto aumenta. Me tomo una pastilla para tratar de calmarme. Espero que haga su efecto, pero todo sigue como antes. Aun así, necesito calmarme de una manera u otra, pues si no consigo culminar la mañana de clases, mis padres me quitarán el móvil y eso significaría no poder conversar con Álvaro.

El resto de la mañana me la paso durmiendo sobre el pupitre. Me he rendido a las evidencias: no puedo ser perfecta. Las horas se eternizan, pero por fin acaba la jornada escolar. No doy más de mí, pero al fin puedo volver a casa.

Me llamo Raquel y soy una chica normal. Tengo diecisiete años y, como todos los chicos de mi edad, voy al instituto. La diferencia es que me llevo la ansiedad conmigo.


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