miércoles, 12 diciembre 2018
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Surco y Turia

11 ago 2018 / 18:51 h - Actualizado: 11 ago 2018 / 20:32 h.

A Manuel Bohórquez se le ha muerto su perro Surco y yo lo he sentido mucho porque Surco formaba parte de la familia de El Correo. Manolo nos ha contado desde estas páginas algunas de sus experiencias con su hasta ahora compañero del alma. Comprendo a Manolo en su pesar, esta vida siembra demasiada soledad con su infoxicación. Es la sociedad del individualismo gregario. A la soledad innata del humano se ha unido esta muchedumbre solitaria, esclava de un móvil. «¿Usted me va a hablar a mí de soledad, Don Rodrigo? Ya voy por el tercer perro enterrado», le dice un personaje a otro en la película El abuelo, de Garci.

Surco me ha recordado a Turia, una perra que me acompañaba en las numerosas horas en las que estoy recluido en mi estudio de casa. Como decía León Felipe después de ver mucho mundo, la vida pasa por mi ventana y yo intento llegar a conclusiones tras más de cuarenta años de periodismo, investigación y docencia. Hace poco me escapé una semana a Roma pero ya estoy de vuelta, reunido conmigo mismo, no está la cosa como para ir por ahí a menudo, hay demasiada ortodoxia de la ignorancia, demasiada intolerancia, agresividad en forma de buenas palabras y de comportamientos aparentemente correctos, demasiado rey del mambo que, en su ceguera, nos cree tontos a los demás. Desde mi hogar me río de todo eso.

Turia se salvó de morir. Mi familia la adoptó porque un señor iba a matarla a ella y a sus hermanos. Una perra golden retriever que vivía de lujo se apareó con un chucho que se metió en su morada y la preñó. El dueño dijo que iba a matar a toda la camada y al menos Turia se salvó, de manera que Turia era una medio golden pequeña y chucha con mirada comprensiva y triste que en febrero hubiera cumplido tres años. Pero –como tal vez le ocurriera a Surco– también debió comer algo en el campo que en dos días la sumió en una especie de depresión que le robó las fuerzas y la mató a pesar de que el veterinario le inyectó fármacos para reanimarla. Yo creo que se envenenó de alguna manera.

A Turia le gustaba estar siempre cerca de alguien humano, era realmente de la familia porque llegó destetada a destiempo con las prisas de que la iban a liquidar. La criamos en casa y le gustaba dormir conmigo, en invierno debajo del edredón aunque antes de meterse primero me pedía permiso con la mirada. Es verdad que, como cantaba Moustaki, «je ne suis jamais seul avec ma solitude», pero es increíble cómo la presencia de un perro puede servir de placebo en esta travesía misteriosa. ~


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