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Alguien tenía que decirlo

Tictac, tictac...

06 may 2018 / 20:05 h - Actualizado: 06 may 2018 / 15:21 h.

Hay un campo de juego, sin cámaras de por medio, en el que el Sevilla se juega mucho más, aunque no lo parezca, que en el Sánchez-Pizjuán y en el Benito Villamarín, los escenarios de los tres partidos que le restan al equipo nervionense para intentar sellar su pasaporte europeo. Se trata de los despachos. Rediseñar y esclarecer el futuro más inmediato, algo mucho más importante que entrar o no en Europa (es menester recordarlo porque todavía hay gente que no se entera y se pregunta por qué el sevillismo ha estallado por una simple ‘mala’, si es que es mala, temporada o por una simple final perdida). Se encuentra el Sevilla, en pleno mes de mayo, sin director deportivo. Si el año pasado, al menos desde esta columna, se advertía de la importancia de estar listos y no dejar que el tiempo se echase encima cuando se sabía desde enero que Monchi no iba a seguir, ahora me permitirán que insista, porque también se dejó caer hace casi dos meses, en que el tiempo es oro y se le acaba al Sevilla. Que Óscar Arias no iba a seguir no fue cosa del 24 de abril. Y si lo fue, fruto de un arrebato, empiecen a rezar porque la cosa sería más grave de lo que parece.

Claro que solucionar la papeleta no es fácil, nadie dijo que fuera. Por eso no es sencillo (ni puede hacerlo cualquiera) liderar a un club tan importante como el Sevilla. Los barcos no van solos a buen puerto. El proyecto está en el aire, sin trazar. Definirlo y hacerlo atractivo es más importante que en otras circunstancias, pues no habrá Champions en Nervión, puede que ni Europa League, y en un mercado que ha saltado por los aires, anticiparse, engatusar y convencer es vital. La marca ‘Sevilla FC’ permite un colchón en este sentido, pero tampoco crean que es muy amplio. Quedan dos semanas para que se acabe el plazo autoimpuesto por José Castro para fichar a quien debe fichar.

Esa es la primera pieza. La segunda, igual o hasta más importante, es la del entrenador. Un buen técnico te convierte fichajes regulares en buenos, a los buenos en muy buenos y un buen plantel en un gran equipo, que es lo que cuenta y lo que convierte todo en mejor de lo que es per se. En este sentido, no son pocos los que suspiran al imaginar a Correa coincidiendo un par de temporadas con un Unai Emery de la vida. O incluso una transfusión a las venas de Muriel del carácter que Caparrós le hizo tragar a Daniel Alves. Por citar a dos jugadores señalados. Todo pasa siempre por un buen entrenador. Y el Sevilla no es que no lo tenga, es que ni sabe aún qué tipo de técnico verá como ideal aquella persona que finalmente dibuje al próximo Sevilla.

Esa persona, además, debe ser uno de los que diga basta. Basta ya de vender a las estrellas del equipo por 25-30 millones. Ya no estamos en 2014. Ni siquiera en 2016. Nos encontramos en un 2018 en el que decirle adiós a Nzonzi por ese precio debería acarrear cárcel. Ni hablemos de otro numerito a lo Vitolo (que no, que el clamor general no es por quedar un año séptimo u octavo hombre...). Si Muriel costó 21 millones, Ben Yedder no puede salir por menos de los 30 de su cláusula. Comprendo que hasta ahora, mientras el Valencia llegaba a ventas de 45 y 50 kilos, el Sevilla engatusara a jugadores prometiendo no ser tan estricto a la hora de pedir precio, pero todo ha cambiado. Los Bacca, Gameiro, Lenglet y similares ya no te los venden por 8, 9 y 6 millones, respectivamente, por lo que el Sevilla debe actualizar los precios de su escaparate sin falta. Eso y recuperar el abandonado modelo de éxito: más Sandros que Kjaers. Uno significa en castellano ‘español, bueno y revalorizable’ y el otro viene a traducirse en danés algo así como ‘ni bueno ni malo, sino todo lo contrario, y los 13 millones te los comes con papas’.


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