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Tiempo de gozo y sacrificio

18 mar 2017 / 23:26 h - Actualizado: 18 mar 2017 / 23:26 h.

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El viernes, dos mujeres le sacaban brillo a las trabajaderas del palio de la Virgen de la Amargura en San Juan de la Palma mientras otros tantos hombres no dejaban de sacar piezas del paso desde el almacén hasta la puerta del templo, donde pasaban por el paño de estas señoras, antes de penetrar en la iglesia. Mientras los niños jugaban en los columpios y los mayores disfrutaban de una agradable tarde en los veladores de los bares de la plazas, los hermanos de la Amargura, al igual que ocurre estos días en otras muchas plazas, calles, almacenes, casas de hermandad y templos de la ciudad, iban construyendo el altar sobre el que llevarán a su dolorosa el Domingo de Ramos.

Ante estos templos y casas de hermandad los hermanos han ido formando largas colas, o han ido llegando en un goteo constante, para, en un rito que repiten cada año, en el que los padres van involucrando a sus hijos continuando lo que hicieron sus padres con ellos, sacar la papeleta de sitio y después esperar que aparezcan en ese listado bendito que asigna puestos, insignias y cruces.

El miércoles y el jueves, hasta cerca de la medianoche, niños y mayores ensayaban en la casa hermandad de la Sed –hermanos de la cofradía del Miércoles Santo, pero también de los Javieres, la Lanzada o la Macarena– el musical Misericordia que el martes, como broche de oro a un año de entrega, representarán en el Lope de Vega.

Los altares de cultos, los besamamos y besapiés, los viacrucis, meditaciones, exaltaciones y pregones se suceden sin descanso acercando una Semana Santa que este año parece que llega tarde pero que se debe, en todo, a los hermanos que limpian la plata, a los que trasladan las distintas piezas de los pasos, a los que las limpian hasta dejarlas relucientes, a los que se llevan horas rellenando papeletas, a los que preparan los listados, a los que lavan y planchan los ropajes, a los que descosen y cosen dobladillos, a los que buscan túnicas para los que quieren cumplir su penitencia y no tienen cómo, a los que no paran de idear actividades para sacar fondos con los que incrementar las acciones de caridad, a los que escriben, recopilan artículos y dan forman a los boletines, a los que los reparten, a los que se ocupan de las páginas web y de las redes sociales... a los que sacan tiempo de donde no lo tienen para engrandecer su hermandad, dar culto a sus titulares, contribuir a una sociedad más justa porque saben que su prójimo es cualquiera que le necesite, sea o no de la nómina de hermanos, ayudar a la Iglesia y ser testigo hoy, dentro y fuera de las paredes de la casa hermandad, de la fe recibida y vivida en esta forma de comunidad.

Todo esto supone un pequeño sacrificio. Todo esto tiene su recompensa, en parte inmediata, otra llegará...


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