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Viéndolas venir

Titulitis aguda en el poder

10 sep 2018 / 22:30 h - Actualizado: 10 sep 2018 / 22:30 h.

Ya en la época dorada del pelotazo, Luis Roldán, que llegó a subsecretario de Estado y a director de la Guardia Civil, presumió de ser ingeniero, licenciado y tener un máster, que ya entonces se ponía de moda, pero lo cierto es que solo había conseguido el graduado escolar. Igual que mi padre, que tuvo que estudiar de noche, después de dos peonadas, para lograrlo, por si lo contrataban de jardinero... Desde entonces, es recurrente que los políticos engorden su currículum no se sabe exactamente por qué, pues su profesión es la única para la que no se exige ningún mínimo académico, como debe ser en una democracia. Yo he conocido alcaldes vaqueros y albañiles, e incluso alcaldes que no habían dado un palo al agua antes de serlo, y ninguna de tales circunstancias influyó para mal en su gestión, porque todos se rodean de especialistas. Lo grave de un político no es que tenga pocos estudios, sino que mienta sobre los que no tiene en un frívolo desprecio de quienes han dedicado mucha vida, con honradez, no solo a conseguirlos sino a colocar el conocimiento en la cúspide del prestigio merecido por el que precisamente debería velar con celo la administración dirigida por políticos. La democracia no consiste en que todo el mundo tiene derecho a un título, sino derecho a que se le brinden las mismas oportunidades para conseguirlo.

Ahora que empieza el curso académico para millones de estudiantes en este país, el recurrente escándalo de políticos que falsean su expediente ofrece un pésimo ejemplo para jóvenes que cada vez entienden más, porque el sistema así se lo demuestra, que lo importante no es saber realmente, sino contar con documentación que así lo acredite, sea cierto o no, pues ya triunfa la falacia de que el conocimiento está en internet. Por este camino, no nos extraña –dolorosamente– que esos mismos alumnos, ayudados por la laxitud de un sistema cómodo en la recurrente ambigüedad del aprendizaje, lleguen a políticos para perpetuar el pelotazo. Y así nos va.


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