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Todo o nada

¿Carencia absoluta o el conjunto de la sustancia? Esta es la cuestión a la que te expones cada vez que le pides a tu mente y emociones elegir entre el todo o la nada

María Graciani m_graciani /
07 jul 2018 / 23:30 h - Actualizado: 07 jul 2018 / 23:30 h.
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Como si se tratara del juicio de las cantidades, solo puedes responder con un monosílabo: todo o nada (¡pues menuda chorrada!), la vida no es un juicio –aunque, muchas veces, nos empeñemos en juzgar–, la vida está llena de matices: hay luchas, cicatrices (y psicatrices...), pero también hay momentos divertidos y en los que somos felices... por eso la ley del todo o nada (prima del siempre o nunca) no se ajusta a la realidad.

¿Carencia absoluta o el conjunto de la sustancia? Esta es la cuestión a la que te expones cada vez que le pides a tu mente y emociones que elijan entre el todo o la nada. Pocas son las veces en la vida en las que te encuentras en esta encrucijada; sí, a veces estás jugando un partido, juegas bien, el rival se defiende, fuerza la prórroga y llegáis a los penaltis: ahí es cuando te lo juegas al todo o nada, ahí sí que interviene la suerte (y si no, que se lo digan a la Selección Española de Fútbol), pero la vida no es cuestión de potra (y lo sabes). Lo habitual no es llegar a los penaltis, la mayoría de los partidos se deciden sobre el terreno de juego, jugando, sudando la camiseta... En la consecución de tu meta poco tiene que ver que al tirar la moneda al aire se decante hacia tu lado y mucho con la calidad de lo entrenado, ya lo decía Benjamin Franklin: «Al no prepararse, se está preparando para fracasar» (y, por cierto, uno se prepara día a día, no espera al momento de la verdad para darlo todo y el resto del tiempo no hace nada, porque al proceder de esto modo... la sorpresa desagradable está asegurada).

Como en casa de la abuela

¿Recuerdas cuando de niño ibas a comer a casa de tu abuela? La abuela, sin duda, te ponía por delante un exquisito (a la par que contundente) plato de comida casera, «¡esto está de muerte abuela!» –exclamarías relamiéndote– pero, en ocasiones, no llegabas a terminarte el plato porque, literalmente, no podías más. «¿Qué pasa? ¿Es que no te ha gustado?» –te decía la abuela al no ver el plato limpio–, la buena señora te lo decía con toda su buena intención porque quería asegurarse de que estuvieras bien alimentado, pero, sin darse cuenta, ahí empiezan a enseñarnos la filosofía del todo o nada que luego tanto practicamos en nuestra vida adulta: no reparamos en que hemos comido una buena parte del plato, nos sentimos alimentados, pero por la razón x (no hacer el feo, no tener que dar explicaciones, por puro egoísmo, ignorancia o simplemente estupidez) seguimos comiendo hasta dejar el plato limpio y sentir dolor de barriga... Piénsalo, ¿en serio crees que si te dejas algo es que no te ha gustado «nada»?

Palabra de una exextremista

Lo reconozco, yo era del club de todo o nada, es decir, lo llevaba todo al extremo: o hacía 2 horas de deporte o no hacía; o salía a bailar hasta las tantas o no salía; o me pasaba semanas escribiendo durante horas o no escribía... Lo sé, era una persona extremista y eso agota (y mucho). La expresión «¡a tope!» suena genial (en plan «¡estoy a full, llena de energía!») pero cuando te acostumbras a llevar todo hasta los topes... Te desbordas, como un vaso de agua lleno hasta arriba que ya no da más de sí para albergar su contenido y, literalmente, se va vaciando porque se desparrama... Eso no es sano, vivir en los extremos puede convertir una aventura en una tortura porque el planteamiento de la dicotomía constante del «todo o nada» deja a la mente agotada.

Renacimiento mental

Lo más enriquecedor es descubrir cuál es tu medida y actuar en consecuencia, y probablemente esa actuación deje de seguir el guion del «todo o nada» cuando descubra la gran variedad de matices con las que su vida está pintada. ¿Comer todo el plato? No, gracias, solo hasta cuando me sienta saciado (no para reventar). ¿Hacer deporte hasta la extenuación? Para nada, lo necesario para mantenerme saludable y sentirme bien. ¿Dedicar todo tu tiempo a una persona? Compartiré una parcela de mi tiempo con esa persona y el resto lo distribuiré como mejor consideré... Así expuesto parece fácil, puro sentido común, ¿no?, luego en el día a día es más complicado de practicar y caemos en aplicar la ley del «todo o nada».

Protágoras decía que «el ser humano es la medida de todas las cosas» y esta contundente afirmación se convirtió en el lema del Renacimiento; adóptalo como eslogan personal, ¡transfórmate en humanista y te mantendrás alejado del club de los extremistas!, porque al ser consciente de que TÚ (Talento Único), como persona con sus triunfos y derrotas, eres la «medida de todas las cosas», experimentarás un Renacimiento mental: la tiranía del «todo o nada» llegará a su fin y empezarás a vivir en la democracia de lo humano, desarrollando el gusto por el equilibrio, por lo justo, por lo que verdaderamente necesitas en cada momento: unas veces más, otras menos, en ocasiones mucho, también puede que poco, otras bastante... Y así sabrás qué es lo importante: no la cantidad sino la capacidad de discernimiento que te permitirá seleccionar la más adecuada en cada momento.


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