domingo, 25 agosto 2019
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La vida del revés

¿Trabajos forzados para un bebé?

13 may 2019 / 07:22 h - Actualizado: 13 may 2019 / 07:25 h.
  • Todo lo que es de niños, visto desde la perspectiva del adulto, se hace gigante, peligroso, irremediable y eterno. / El Correo
    Todo lo que es de niños, visto desde la perspectiva del adulto, se hace gigante, peligroso, irremediable y eterno. / El Correo

Me dicen que, hace unos días, un niño ha mordido a una compañera de juego. En un carrillo, en el otro y en el hombro. Le ha dejado marca aunque no hubo sangre. Él tiene un año y medio. Ella tiene un año y medio.

Esto que cuento, y que me han contado a mí, no tendría la menor importancia si no fuera porque los padres de la agredida han puesto el asunto en manos de un abogado y este pide a los padres de los agresores que, en un plazo de tiempo muy corto, expliquen qué van a hacer con su hijo para que no vuelva a morder a nadie.

Es evidente que la gran importancia y la gran ridiculez de este suceso se encuentran en la actitud de los padres de los protagonistas. Que un niño muerda a otro es algo corriente. Y que el agredido se convierta en un ‘terminator’ al día siguiente es algo más que probable. Por otra parte, la aparición de un abogado es inquietante. ¿Pedirán el destierro para el niño? ¿Obligarán al niño a utilizar una máscara como la que usaban con el famoso personaje Hannibal Lecter? ¿Trabajos forzados? ¿Querrán que los padres del muchacho hagan un master en educación de niños especial para padres desesperados? En cualquier caso, pienso en lo que harán estos padres cuando el primer novio de su hija abandone a la niña enviando un mensaje de Whatsapp, en lo que sucederá si alguien le impide copiar en un examen y suspende matemáticas o si sus compañeros hacen una fiesta y no invitan a la niña. La reacción será terrible. Y es que acaban de poner el listón a una altura casi estúpida, dramática.

Si lo ridículo se normaliza en la educación de los hijos, el resultado suele ser patético.

Miremos hacia la esquina contraria del cuadrilátero. Mister Ñam Ñam es reincidente. Sí, me cuentan que no es la primera vez que mete un viaje a otros niños. Y lo peor es que me dicen que los padres arreglan el tema con un ‘ay, Ñam Ñam, deja a los niños, no seas malo y pide perdón’. Es decir, miran y se hacen los locos, no vaya a ser que el niño se quede traumatizado. ¿Harán lo mismo si el agredido le arrea un viaje de dimensiones parecidas a su hijo? ¿No deberían tomar medidas más contundentes para enmendar la actitud del niño? (Aquí cada uno que ponga lo que quiera; yo, padre de cuatro hijos, creo saber cómo evitar que un niño pegue a otros, les muerda o les haga pasar un mal rato de cualquier forma, una y otra vez; pero me reservo y dejo que cada uno elija). Estos padres están llevando a los otros hasta el límite de su paciencia y eso nunca funciona.

Si educar se confunde con la híper protección o con blanquear cualquier actitud de un hijo, el resultado suele ser nefasto.

En definitiva, el problema es de los adultos. Los niños se dedican a jugar y se entienden. ¡A saber si la niña no le ha metido ya un viaje al otro y sin dejar marcas! Todo lo que es de niños, visto desde la perspectiva del adulto, se hace gigante, peligroso, irremediable y eterno. Esos padres ya no se hablarán en lo que les queda de vida. Pero los niños, si coinciden y pueden, jugarán tan felices. Un conflicto innecesario y estúpido. El único que va a sacar algún beneficio será el abogado. Porque nadie más sacará algo en claro. Nadie más.


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