martes, 11 diciembre 2018
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, última actualización

Una de vaqueros

05 dic 2018 / 13:26 h - Actualizado: 05 dic 2018 / 13:28 h.

La relectura de la Historia es una cacicada al servicio de la mentira, una mentira de espurios intereses que hace de su capa un sayo con el que cubrir el mundo mediante una manipulación grotesca que, sin embargo, cala hasta el subsuelo. Lo que empezó como un disparate ha cobrado, en muchos lugares de las tres américas -e incluso de España- la categoría de certeza: Cristóbal Colón fue un genocida que llegó al Nuevo Mundo con el único interés de llenarse los bolsillos, para lo que no se paró en barras: desplegó un odio asesino contra los indígenas que poblaban en sana y dulce concordia aquella primera isla, a quienes interrumpió su candoroso vivir en sintonía con la naturaleza mediante una caza ensañada que a punto estuvo de hacer desaparecer tribus y razas. Así se justifica la iconoclasia con la que derriban monumentos en su honor y arrebatan su nombre a avenidas y plazas. También que en los nuevos libros de texto del feliz hombre blanco, el genovés ocupe una ventanilla junto a los peores monstruos.

Colón, según este revisionismo, abrió las puertas a todos los indeseables de un país indeseable como el nuestro, criminales de la peor calaña, carne de horca, sucios y malolientes, hombres sin escrúpulos a la hora de pasar a cuchillo a toda la indiada. Lo curioso, sin embargo, fue la mezcla que se extendió por los nuevos centros urbanos, niños que nacían de matrimonios mixtos o fuera del matrimonio, que a su vez tenían hijos con otros blancos o con otros indios. Y la organización administrativa, y las leyes para la protección de los aborígenes, y la construcción de hospitales, universidades y escuelas, y la pacificación de pueblos enfrentados, antropófagos, brutales en sus sacrificios, y la prosperidad que, ¿quién lo pone en duda?, hizo rendir a todo un continente, con especial florecimiento en las tierras que adoptaron nuestra lengua y religión.

Al norte de México también había indios, una amalgama de tribus en las que habitaba ese buen salvaje que idealizaron los intelectuales de los salones centroeuropeos. Apenas se mezclaron con los conquistadores. Apenas quedan. Los mataron, los arrinconaron, los guardaron en reservas como animales, reservas que todavía se pueden visitar. Allí encontraremos lo que queda del indígena al que Colón y los españoles no pudieron civilizar: razas en peligro de extinción, vapuleadas por el olvido y el alcohol que les sirven los mismos que deciden la ficción del pasado.


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