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Una estrella en la Expo 92

Unas 400.000 visitas contribuyeron en Sevilla a romper el bloqueo cubano. Dicen las crónicas que Fidel Castro llevó el ambiente con él, que el pabellón fue el auténtico final de la visita a la Expo de la Cumbre Iberoamericana

26 nov 2016 / 23:38 h - Actualizado: 26 nov 2016 / 23:38 h.

Sebastián García | El 26 de julio de 1992 se celebró el más importante acontecimiento político internacional que seguramente ha vivido Sevilla. Y era difícil que un evento destacara de tal modo en la ciudad durante el tiempo que transcurrió entre el 20 de abril y el 12 de octubre, fechas de la apertura y la clausura de la Exposición Universal, los seis meses que nuestra capital andaluza fue un no parar de visitas de jefes de Estado, personalidades de todos los ámbitos, famosos, artistas y personas de todo pelaje. Pero es que ese día de pleno verano la Expo tuvo la visita de nada menos que 16 presidentes y primeros ministros de toda Latinoamérica, todos juntos en el recinto de la Isla de la Cartuja, con el Rey de España al frente. Una sobrecarga de protocolo que nos hizo sudar tinta a los servicios de la organización, con una marabunta de séquitos y escoltas con los que luchar. Pero si entre tanta testa soberana hubo alguien que destacó, ese fue Fidel.

Hay que recordar el contexto de la época. Era una España donde la democracia aún contaba poco más de una década, y por tanto con la memoria bien fresca de la dictadura franquista, que además vivía en un ambiente político dominado por la ideología izquierdista de un PSOE que gobernaba con mayoría aplastante en España, y ya no digamos en Andalucía –aunque en Sevilla había tenido el curioso tropiezo que le hizo perder la alcaldía en 1991, a favor del Partido Andalucista de Alejandro Rojas Marcos–, por lo que la Cuba de Fidel, esos valientes que se enfrentaban sin desmayo al bloqueo del poderoso vecino gigante yanqui, como si fueran la aldea de Astérix, gozaba de las simpatías generalizadas. Ni siquiera el régimen de Franco había tenido malas relaciones con el castrismo, así que se puede uno imaginar lo que opinaba el público de a pie. Luego vino el paulatino derrumbe de esa imagen, la Cuba que se quedaba atrás, pero esa es una historia posterior.

En tal ambiente llegaron a Sevilla aquel 26 de julio los mandatarios, que antes habían estado en las sesiones formales de la Cumbre Iberoamericana, en Madrid, celebrada tras la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona. La primera de estas cumbres se celebró en 1991 en Cartagena de Indias (Colombia), con el propósito de reunir cada año a los países llamados a celebrar el Encuentro de dos Mundos o Descubrimiento (de América, o mejor mutuo, España-América y viceversa) que daba motivo a la Expo. Así que la segunda tuvo su parte formal de conversaciones en Madrid y el día de fiesta en Sevilla.

La jornada comenzó con la izada de banderas y la foto de familia ante el Monasterio de Santa María de las Cuevas, como siempre empezaban las celebraciones de cada día, y después todos entraron en la Capilla de Afuera para firmar en el Libro de Honor. Allí se sentaron ante una larga mesa, en la que para ser prácticos el protocolo dispuso una hoja ante cada mandatario, para que una vez ilustrada con sus comentarios y firmadas cada una se pudiesen incorporar al libro. Todos firmaron sin rechistar, y tuvo que ser Fidel quien rompiera el prudente silencio advirtiendo que aquello de firmar en blanco podía tener sus consecuencias, vaya usted a saber qué harían luego con la hoja.

Así fue el tono del resto de la jornada, con Castro siempre animando la concurrencia. Después de la firma se fueron a ver la Expo, pero de nuevo para ser prácticos el protocolo había decidido que los mandatarios vieran el recinto dando una vueltecita en el tren monorraíl elevado que lo recorría pasando entre todos los pabellones. De este modo evitamos aglomeraciones y problemas.

Vista la Expo, cada cual se fue al pabellón de su país. Es un decir, porque en aquellos años Latinoamérica atravesaba una situación económica desastrosa, y la mayoría de los países no pudieron reunir el presupuesto necesario para levantar un pabellón propio. Por eso no han quedado en la Cartuja magníficos edificios latinoamericanos como los que sí tenemos de la otra Exposición de Sevilla, la de 1929. Fue España quien se rascó generosamente el bolsillo y construyó a su cargo la Plaza de América, donde se instalaron casi todos.

Todos menos Chile, México, Venezuela, Puerto Rico, y por supuesto Cuba, que eran los únicos que habían construido su propio pabellón. Obsérvese que el grupo de privilegiados eran la entonces rica Venezuela del petróleo, el estadounidense Puerto Rico, alguno más... Y Cuba. Cómo consiguió este país financiar y poner en marcha su propio pabellón es un misterio, pero el caso es que lo hicieron y fue una de las citas obligadas de la Expo, donde se iba a beber buen ron y disfrutar de auténtico ambiente caribeño. Unas 400.000 visitas contribuyeron a romper el bloqueo cubano.

Allí fue donde se encaminó Fidel, para celebrar por su cuenta nada menos que el Día de la Rebeldía Nacional, dejando a casi todos los demás donde la futura sede universitaria. Dicen las crónicas que se llevó el ambiente con él, que el pabellón de Cuba fue el auténtico final de la visita a la Expo de la Cumbre Iberoamericana, hasta la bandera de un gentío que sólo tenía una curiosidad: ver de cerca al comandante, un personaje mirado con una simpatía muy por encima de la media de resto de la pléyade de mandatarios.

Eso sí, también dicen las crónicas que en el almuerzo donde todos se reunieron de nuevo, en el Pabellón de España, la presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro, le dejó sin habla al exigirle elecciones y libertad para Cuba. Dicen que el comandante acabó enfadándose y acortando su visita a España. Pero lo cierto es que aquél día en la Cartuja fue la estrella.


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