jueves, 22 agosto 2019
11:44
, última actualización

Unas camisetas en un rincón

27 mar 2015 / 19:27 h - Actualizado: 25 dic 2015 / 14:39 h.

Viene uno de pasar un par de semanas en el otro lado del planeta y, como no podía ser de otra forma, regresa algo más limpio de espíritu tras dejar aparcada durante unos días la mierda que inunda España. No es que no la haya en el resto del mundo, de hecho en la mayoría de lugares hay más que aquí, pero en dos semanas apenas la ves, sólo miras el escaparate bueno. Claro que en España hay muchos de estos, entre otras cosas porque es un gran país en bastantes aspectos, pero la indignación es inaguantable con tanto excremento acumulado debajo de una alfombra que ahora, y no antes, hemos decidido levantar.

Hablemos de lo poco que sabemos que hay debajo de la alfombra del fútbol. España es ejemplo de cómo la magia del balón es capaz de obrar milagros. La pelota ha estado y está rodeada de trampas, partidos amañados sin disimulo, árbitros condicionados por el poder, dirigentes con cara de mafiosos de tres al cuarto, de encorbatados de barriga hinchada que dirigen medios de comunicación al servicio de cualquiera menos del ciudadano y el periodista, de política rancia y asquerosa metida hasta las trancas en clubes grandes (los dos que van a jugar la final de la Copa, por ejemplo) y de disparos que apuntan directamente al corazón de todo esto: el hincha.

En el fútbol español, anclado en la Edad Media por voluntad propia, se siguen cometiendo atrocidades de todo tipo. Desde castigar con cuatro partidos a dos jugadores que se empujan levemente tras haber sancionado con sólo dos a la estrella del club más importante por varias agresiones, hasta retrasar un partido para poder televisar la charlatanería de los entrenadores del Madrid y del Barça. Siempre hubo clases sí, pero siempre dio y dará asco. No es lo mismo tirarle una bota al árbitro si en tu escudo pone Atlético de Madrid que lanzarle una botella de plástico si defiendes franjas rojiblancas pero horizontales (Granada). Ni es igual escupir cánticos repugnantes cerca del Manzanares que al lado del Guadalquivir, donde se preocuparon no hace mucho por coger, detener y sancionar al que lanzó una botella a un rival, mientras que en el resto de estadios donde sucedieron actos similares o peores se hacía el silencio (el Betis fue premiado por esa loable acción: cierre de su estadio y los puntos para el rival. Olé).

Ahora nos creemos purgados por perseguir a quienes insultan al contrario desde la grada, matando moscas a cañonazos en una especie de propósito de enmienda autoimpuesto tras ser televisado otro asesinato de un grupo de ultras de la capital cuyo vomitivo currículum es ya imposible de ocultar desde los prostituidos teclados. El asesinato volvió a destapar infinidad de vergüenzas, igual que la gestión de los sucedido después: mentiras sobre los participantes y detenidos, entre otras calamidades. Y claro, sigue habiendo clases. No es lo mismo una mosca en Bilbao que en Vallecas, en Riazor que en el Bernabéu. En Inglaterra, por ejemplo, han tardado poco en denunciar un lamentable episodio racista de varios hinchas del Chelsea en París. El club actuó con rapidez y anunció medidas duras pese a no tener ninguna responsabilidad en lo acontecido. Aquí en España se ha tapado durante años cánticos de mofa bien sonoros respecto a un jugador fallecido del Sevilla y otros sobre un hincha de la Real Sociedad asesinado por parte de los mismos que aún se colocan detrás de una portería.

Mientras en Inglaterra han vendido la Premier a las televisiones por 2300 millones que se repartirán de forma aparentemente justa, por la Liga pagan 840 que ni siquiera se reparten (cada uno trinca lo que puede) y se aspira a que alguien pague mil millones para repartirlos de ‘aquella’ manera. La Premier (valga también la Bundesliga alemana) no es mejor en calidad futbolística que la Liga, pero sí en todo lo demás. Una vale 2300 millones y otra 840, claro.

Por eso me llamó la atención uno de los rincones de un coqueto puesto en las calles del divertido mercado nocturno de Chiang Mai (Thailandia). Mis ojos borrachos de Premier tras ver por todo el país cientos de camisetas del United, del Chelsea, del Arsenal y del Liverpool (también algunas del Madrid y del Barça), se pararon, entre falsificaciones más o menos meritorias de los principales equipos de Europa, en un rincón. Allí identifiqué el escudo del Almería. Claro, hasta hace poco tuvo a un thailandés en sus filas, pensé. En el lateral divisé las del Sevilla, el Valencia y el Atlético. En ese momento me vino a la cabeza una reflexión inevitable: el balón, el fútbol verdadero, sobrevive. Es magia. El Sevilla y el Atlético viven épocas doradas y el Valencia, ahora propiedad de un magnate asiático, la tuvo no hace mucho. Los tres son conocidos y respetados al otro lado del planeta, los tres son la clase media-alta que se resiste a morir, aunque sus partidos valgan menos por televisión y estén a años luz de los dos colosos españoles y de la Premier.

El mérito es enorme: mientras Real y Barça se llevan casi todo (y casi cualquier club inglés o alemán cobra también más) y sus tentáculos de poder llegan más lejos de lo que uno imagina, mientras que los imputados dirigentes de nuestro fútbol se pelean como dos mocosos y apuestan por clasificaciones distintas para una misma y adulterada competición, mientras no hay quien saque a nuestro fútbol de la Edad Media y la corruptela, mientras vivimos el enésimo debate producto de la improvisación con la sede de la final de la Copa, mientras el hincha se resiste a ser exiliado de su propio estadio, mientras todo te recuerda lo podrido que está el fútbol moderno, un entusiasmado vendedor del divertido mercado nocturno de Chiang Mai rescata y me enseña la camiseta del Almería, me habla de la Champions que perdió cruelmente el Atlético, de la tercera Europa League del Sevilla y del nuevo Valencia de Peter Lim. ¿No es un milagro precioso?


  • 1