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Vamos a comprar chuches

01 dic 2017 / 11:51 h - Actualizado: 01 dic 2017 / 11:53 h.
  • Vamos a comprar chuches

Por María Lucini, 17 años. Ganadora XIII edición

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—No lo sé... Siento que nada de lo que hago está bien. Mis amigas desaprueban todas y cada una de mis acciones y eso me tiene en tensión constante porque no quiero decepcionarlas y, a la vez, me estoy distanciando de ellas porque ya no tenemos nada en común.

María y Jorge caminaban por la calle tomados de la mano. Él escuchaba mientras ella dejaba salir todo el dolor que tenía en su interior.

—¿Eso es todo? —le preguntó Jorge.

—No —reconoció—. Tampoco aguanto las clases; no soy capaz de estudiar y estoy bajando la media. Necesito estar a la altura.

—¿A la altura de qué o de quién?... Deja de ponerte metas imposibles de cumplir.

—Ya lo sé, pero no puedo y... —. Comenzó a caer una lluvia torrencial—. Y encima este tiempo de mierda —miró hacia las nubes—. ¡Estoy harta! Creo que voy a echarme a llorar.

Corrieron hasta ponerse al refugio de un portal. Jorge la sostuvo en sus brazos mientras María hacía esfuerzos para que no se le cayeran las lágrimas. Se quedaron abrazados, en silencio, mientras la lluvia iba en aumento.

Al fin Jorge tomó a María por el rostro y le levantó la cabeza para mirarla a los ojos.

—Vayamos a por chuches —le propuso con repentina alegría.

María lo miró con incredulidad.

—¿No has escuchado nada de lo que te he dicho? ¡Que estoy harta! ¡Harta!... Además, está lloviendo a cántaros. Yo no puedo más y tú quieres ir a por chuches —. Soltó un grito de rabia.

A Jorge le brillaban los ojos.

—Venga —dijo dándole un toque en el brazo—. El azúcar anima a cualquiera.

María cedió y una sonrisa comenzó a aflorar en sus labios.

—¿Y qué hacemos con la lluvia? —preguntó.

—Pues echar a correr —respondió él con llaneza.

—De acuerdo —le dijo María, que rio al salir del portal. El agua empezó a empaparle la ropa—. Pero primero, bésame bajo la tormenta.

Así lo hizo. Acto seguido bajaron la calle a la carrera. Empapados, llegaron a la tienda, entraron y María escogió con timidez algunas golosinas.

—¿Pero, qué te pasa? —Jorge le recriminó—. Eso es muy poco; tú necesitas más azúcar. Venga, pon cinco de estas, cuatro de aquellas y de esas necesitamos, por lo menos, seis unidades. Y dos Chupa-chups —iba metiendo las chucherías en la bolsa.

María lo miraba incrédula.

—Vas a llevarte la tienda entera —le dijo entre carcajadas.

—Me llevaré lo que necesites —respondió Jorge.

Varias bolsas de chucherías después, salieron de la tienda y siguieron corriendo bajo la lluvia hasta el siguiente portal. Se sentaron en un zócalo.

—Prueba este —Jorge le entregó a María un caramelo azul mientras él se metía otro en la boca.

Cuando lo probó, ella comenzó a hacer aspavientos con las manos.

—¡Pica! ¡Pica mucho!... —. Lo escupió.

Jorge se llevó una mano al pecho, haciéndose el ofendido.

—Has rechazado mi caramelo... Como castigo tendrás que darme un beso.

—Ni muerta —respondió María tajante—. Tienes los labios azules y saben al caramelo picante.

Jorge se le acercó y ella lo rechazó entre risas. Después de forcejear un poco, logró llegar a su mejilla. María gritó con una mueca de disgusto mientras se limpiaba el rostro.

—Me has manchado de azul, ¿verdad? —le preguntó con el ceño fruncido.

Jorge asintió con picardía. María sentía que junto a él todo iba a ir bien.


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