lunes, 24 junio 2019
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¿Y si nevara?

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
08 ene 2019 / 09:11 h - Actualizado: 08 ene 2019 / 09:13 h.
  • ¿Y si nevara?

Cuando la ilusión se queda en reserva como la paletilla de jamón y la caja del roscón de Reyes casi sin roscón, cuando amanece un día corriente y moliente, desagradecido con el lunes de resaca porque el apego a la almohada no tiene memoria, en plena e inevitable cuesta de enero, nos anuncian las páginas de previsiones meteorológicas que esta semana surfearemos los cero grados, que no es un modo de que no haga ni frío ni calor, como bromeábamos antes, cuando nos faltaba esta cultura del tiempo al instante y el porvenir del cielo solo lo acertábamos cuando lo teníamos encima. Y esa probabilidad tan mágica aquí de la nieve hace que a uno lo embargue la fantasía en blanco y negro, sobre todo en blanco, de un pueblo nevado en la memoria de sus abuelos.

Mi madre siempre me contaba que nació el año de la nieve, porque se lo contaba su madre a su vez, aunque esos dichos se permitieran la inexactitud del vasto recuerdo, pues mi madre nació en diciembre de 1953 y la nieve cayó en la madrugada del 2 al 3 de febrero de 1954. Ya se sabe que los niños de antes tardaban como meses en nacer del todo. Y hasta años en salir a la calle, por lo menos con zapatos propios.

El caso es que aquí la nieve parece un mito, una leyenda, una visión solo probable en la borrosa nostalgia de los viejos que aseguran cosas que los demás consentimos con media sonrisa incrédula. Porque nunca jamás, en los últimos 65 años -que es la edad de antes para la jubilación- ha vuelto a nevar.

A mi hijo le gusta anunciar que el día que nieve no irá a la escuela. Y suele mirar en el móvil la previsión del día siguiente para conjeturar las posibilidades de una nevada y hacer el ángel en el suelo, luchar a bolazos con los vecinos y revolcarnos en la misma algarabía antológica que aún resuena en los ecos de nuestros abuelos. El problema es que cuando hace menos de cero grados no llueve y cuando llueve hace más de cero grados, suele resignarse, al borde de la pérdida de fe. Cosas más increíbles se han visto, le digo yo, sin ponerle como ejemplo este batacazo histórico del PSOE en la Junta de Andalucía, a pesar de haberlo conocido en el poder desde que nací, porque, como la nieve en Sevilla, en la que uno no creerá hasta que la vea caer con sus propios ojos, tampoco creerá en el cambio hasta que este tripartito de derechas se ponga de acuerdo, después de una blanca Navidad que, como todo el mundo sabe, no es más que una canción.


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