sábado, 03 diciembre 2016
21:42
, última actualización
18 oct 2016 / 22:47 h.

La música es una forma artística de expresión. La literatura otra. Aparentemente, son cosas muy diferentes aunque, en realidad, no lo son tanto. Porque cualquier forma de arte tiene un anclaje común, cualquier manifestación artística es un intento de representación de la realidad que explique el universo y, por tanto, proporcione al ser humano una herramienta única de comprensión. Solo a través del arte podemos comenzar a entender qué ocurre a nuestro alrededor. Lo trascendente o lo más prosaico no está al alcance de nadie que crea vivir en un entorno alejado de lo simbólico y de lo dual. Es en este punto en el que confluyen todas y cada una de las artes.

La música es arte y la literatura también. Y analizadas desde este ángulo propuesto parece que ya no son tan distintas entre ellas. Homero, autor de La Iliada y La Odisea, escribía para ser escuchado, para acercarse a un pueblo necesitado de conocimiento sobre el cosmos. Los poetas, en aquellos tiempos, se ayudaban de algún instrumento para recitar sus obras. Música y literatura iban de la mano. Desde Homero está todo inventado queramos o no.

Autores clásicos como, por ejemplo, Shakespeare o Cervantes, incluyeron canciones en sus obras porque tenían la misma intención que Homero. Hoy no somos capaces de reconocer ritmos y letras que los autores hicieron reconocibles al escribir. Pero están.

Bob Dylan ha incluido en sus partituras los poemas que ha ido escribiendo durante toda su vida. Ha buscado, este genio norteamericano, fórmulas para acercar su propia forma de entender la realidad al resto de personas. Exactamente lo mismo que han hecho los poetas y novelistas de todos los tiempos. Aunque transitando el mismo camino en dirección inversa.

Escribir poemas es hacer literatura. De eso no cabe la menor duda. Y Dylan ha dibujado un cosmos completo en los suyos, en cada verso, en cada palabra; un universo que ha servido a millones de personas para entender el suyo propio o para terminar de trazar el contorno en momentos de confusión, de dudas o de pérdidas de identidad.

Si esto que ha hecho Dylan no es literatura es que eso ya no existe, es que es otra cosa.

Se ha generado, a raíz de haber sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura, un debate de dimensiones planetarias sobre si Dylan es merecedor del premio o sobre si el jurado ha tomado una decisión errónea, extravagante o surrealista. Pero este tipo de debates no pueden quedarse en un estar aquí o enfrente, en un sí o no, en un a favor o en contra. Y esto es lo que está sucediendo en la mayoría de los casos.

El ser humano tiende a clasificar casi todo para poder manejarse en el mundo. Son demasiadas cosas las que tenemos que gestionar y haciendo grupos, subgrupos y más grupos, tenemos la sensación de gobernar con solvencia las cosas. Pero estas divisiones no pueden distorsionar la verdad. Hacer poesía es hacer literatura y desde este punto de vista hay que arrancar; sin olvidar, además, que en los poemas de Dylan se encierra más verdad, más conocimiento y mayor aportación al ser humano, que en miles de páginas mal escritas.

Ahora que Dylan ya está junto a los altares literarios habrá que esperar a que todos seamos conscientes de que ese galardón no ha significado ningún atropello. Habrá que esperar a que esos altares intocables, construidos por algunos para preservar sus propias vanidades, se hagan añicos y podamos recibir el arte como un todo que crece de un tronco robusto e inmutable. Desde el tejido cultural que el ser humano atesora desde que el mundo es mundo.


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