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El cuento de la lechera de los nacionalistas

10 nov 2017 / 23:27 h - Actualizado: 10 nov 2017 / 23:28 h.
  • El cuento de la lechera de los nacionalistas

Que todo eso de la Declaración Unilateral de Independencia, de la República Catalana; de un Estado en el que los pensionistas ganarían más, los autónomos tendrían un universo entero para que ellos pudieran prosperar o por el que las empresas se pelearían para instalarse; que era una mentira colosal, lo sabía buena parte de la sociedad española y catalana. Además, lo sabían todos estos políticos de tercera que han engañado sin reparos a la parte de la sociedad catalana que creyó que un Estado independiente era posible, esa misma proporción de ciudadanos que han creído que España les roba. Lo sabían y no tuvieron escrúpulos al mentir, al ilusionar con embustes a cientos de miles de personas. Seguramente, muchos de esos miles siguen creyendo que algo de verdad tiene que haber, que no puede ser lo que está sucediendo. Pero era mentira, todo era mentira. Dolorosa, cruel, durísima mentira.

Carme Forcadell se retira de forma vergonzosa. Nadie con dignidad puede pedir a otros lucha hasta el final y quitarse de en medio cuando escucha la cerradura de la celda. Ahora acata todo lo que le ponen sobre la mesa, después de organizar un auténtico caos repliega velas sin pudor. El resto de miembros de la mesa del parlament hacen lo mismo. Todo era simbólico, todo era un gesto de cara a los votantes, todo era una ilusión sin valor jurídico. Efectivamente, muchos supieron siempre que era una patraña. Seguramente, los que dicen que son presos políticos siendo, sólo, políticos que presuntamente han cometido distintos delitos, terminarán haciendo lo mismo. De una forma, más o menos, discreta, pero lo harán. Seguramente, miles siguen creyendo que algo de verdad tiene que haber, que no puede ser lo que está sucediendo.

Puigdemont ha hecho el ridículo desde un punto de vista político. Ahora, queda aislado en Bruselas y mantiene el tipo como puede. Pero sigue diciendo, a través de las redes sociales, cosas como esta: «Carme Forcadell dormirá en prisión por haber permitido el debate democrático. ¡Por permitir hablar y votar!». Sin embargo, Forcadell se encuentra en una situación más que delicada por hacer justo lo contrario. Dejó sin voz a los parlamentarios de la oposición, dejó de lado el marco constitucional, incluso se saltó el propio Estatut sin dudarlo. Por eso y no por ser la demócrata del año. Seguramente, muchos miles siguen creyendo que algo de verdad tiene que haber, que no puede ser lo que está sucediendo. Pero lo único cierto es que Puigdemont sólo es capaz de insultar a los españoles, de señalar a todo un pueblo como si fueran rehenes de una dictadura terrible. Puigdemont ofende y no sabe ni puede hacer otra cosa.

Mas, el que fue president, reclama que no paguen las consecuencias económicas unos pocos (entre los que él se encuentra) y que pongan todos los implicados (todos los independentistas de Cataluña) algo de dinero para zanjar el asunto. Es la consecuencia de ser parte de la burguesía y creer que se puede hacer la revolución a base de sonrisas. Las revoluciones se hacen en la calle y la historia nos dice que son violentas. Para hacer la revolución no se puede ser cualquiera y hay que tener mucho valor o un punto de genialidad o locura.

Lo que resulta chocante es que el independentismo intenta seguir su propio camino. No parece que afecte a los más radicales que los líderes traten de escapar, se desdigan, acaten lo que les echen y traicionen la causa. Hoy está convocada una manifestación que quiere ser (y, seguramente, será) multitudinaria. Todo comienza a ser incomprensible y se constata que existe un problema gravísimo en Cataluña que no se diluirá sin problemas. Los independentistas ya mueven mensajes en las redes sociales diciendo que Forcadell y el resto de imputados han declarado bajo una gran presión y que piensan justo lo contrario a lo que dicen. Y es verdad. Y ese es el problema de alguien que no es capaz de aguantar sus propios actos en cuanto tienen un juez sentado en la silla de enfrente. A eso se le conoce como cobardía, se le conoce como dejar abandonada la causa y a los tuyos. Seguramente, muchos miles siguen creyendo que algo de verdad tiene que haber, que no puede ser lo que está sucediendo. Pero es lo que está pasando.

El panorama sigue siendo bastante parecido al que se vivía estos meses atrás. Lo único que cambia es que algunos políticos ya no pueden ponerse la máscara de héroe y tendrán que lucir la del descrédito, la vergüenza, la mentira y el desastre provocado. Porque ¿quién restablecerá la normalidad económica en Cataluña? ¿A quién le corresponde explicar a los nuevos parados de Cataluña que todo era una especie de juego de mesa que no llevaba a ninguna parte? ¿Quién tiene que explicar a los que siguen pensando que todo es verdad, que el Estado español no es represor y culpable de todo lo que está pasando?

Que los miembros de la mesa del parlament y su presidenta hayan regresado a casa no es una mala noticia. Y hay que pensar que encerrarles, en lugar de aplicar medidas cautelares y fijar fianzas, es posiblemente, lo que deseaban ayer los más radicales. Ya saben que muchos defienden que si las cosas se complican es mucho mejor. El ministro Zoido hablaba de los contextos ligados a las decisiones judiciales, dejando claro que el Gobierno quiere normalidad. Y una forma de normalizar todo es que se aplique la ley con toda la prudencia posible. Y no hay que olvidar que todos los golpistas tendrán que pasar por el tribunal correspondiente para ser juzgados más adelante. Todo se vive con prisa, pero todos estos políticos y los presidentes de las sociedades civiles, serán juzgados y se enfrentan a una cantidad de años muy considerable.

Seguramente, muchos miles siguen creyendo que algo de verdad tiene que haber en ese procés que tanto defienden, que no puede ser lo que está sucediendo. Sin embargo, la verdad es que en España no se detiene a nadie por pensar de una manera concreta (de ser así estarían todos abarrotando las cárceles españolas), que España es un gran país en el que la democracia ordena la vida de todos. Esa es, de momento, la única verdad política por la que nadie ha tenido que ingresar en prisión y la que permite una vida en paz.


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