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Nuestra democracia nace en 1977

05 dic 2016 / 00:35 h - Actualizado: 06 dic 2016 / 07:00 h.

Hacer una idea extensiva, hacer que eso que se dice parezca que afecta a muchos, es una estrategia que el líder de Podemos parece tener sobre la mesa para todo aquello que incluye en su discurso.

Dado que los resultados electorales y las alianzas que va construyendo en Cataluña y en el País Vasco le invitan a pensar que el resultado en número de votos es un magro beneficio para su carrera política, Pablo Iglesias quiere que en todo el territorio nacional se hable de nacionalidades, de naciones, de nacionalismo, de independencia, de secesión. Porque esto le da pie a hablar de democracia; ya que el referéndum para decidir si todos somos lo mismo o si las diferencias históricas nos permiten instalarnos por nuestra cuenta en un mundo globalizado que no consiente este tipo de movimientos absurdos, el referéndum con el que España o cualquier país del mundo se vería destrozado en tantos trocitos como poblaciones decidieran ser distintas a las demás, es lo que él maneja como arma democrática esté o no justificado; y hablar de democracia está muy bien visto por esa parte de la sociedad que tiene interiorizada la idea de que la perdieron en algún momento, parte de una sociedad que se compone con personas (en un alto porcentaje) que siempre vivieron al amparo del Estado de Derecho. No deja de ser una paradoja.

España, pese a quien pese, vive en democracia desde que el 15 de junio de 1977 un ciudadano español, sea quien fuere, depositó su papeleta en la urna de su colegio electoral. Es verdad que durante estos años se han cometido errores y que en el futuro hay que evitarlos, pero eso es muy distinto a no vivir en democracia. De hecho, Pablo Iglesias, por ejemplo, puede dirigir un partido de carácter populista sin que nadie se lo pueda impedir puesto que estas son las reglas del juego.

Lo que sí se puede hacer es opinar, criticar o valorar, sus movimientos, lo que parece que son armas políticas que se sostienen sobre un populismo que quiere dotar de razón a los que, sencillamente, no la tienen.

Podrá manifestar, el señor Iglesias, que Andalucía tiene todo lo necesario para sentirse independentista (atribuyó a la manifestación del 4 de diciembre de 1977, en un debate televisivo, un carácter independentista o secesionista que no tuvo y tiñó de autodeterminación un acto que más tuvo que ver con la autonomía andaluza), pero eso en esta tierra no cabe. Tal vez en otras autonomías sea posible que estas ideas puedan manejarse sin problemas (algo que está en duda. Por ejemplo, Íñigo Urkullu declaraba ayer en una entrevista a un diario de carácter nacional que «En un mundo globalizado, la independencia es imposible»), pero la idea de independencia ni tuvo arraigo antes ni parece que pueda tenerlo nunca en Andalucía.

Tendrá que conformarse el señor Iglesias pactando con formaciones independentistas en otras autonomías; tendrá que asimilar que una idea funciona si es coherente y no por más que se repita si está vacía de contenido y de sentido. La realidad está muy por encima de las ansias políticas de cualquier político y eso es lo mismo que decir que Andalucía, España entera, son algo mucho más importante que un puñado de votos, que la carrera política de cualquiera de nosotros.


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