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Violencia de género

Pensar antes de hablar

01 dic 2016 / 07:14 h.
  • Pensar antes de hablar

Actualmente, decir algo comprometido puede ser costoso y acabar con la carrera política de cualquier diputado, senador, alcalde o persona pública. Los medios de comunicación y las redes sociales se encargan de difundir todo aquello que resulta noticia. Y la huella de todo ello; hoy, gracias a internet; es fácil de rastrear y casi imposible de hacer que desaparezca.

Le ha llegado el turno al alcalde de un pueblo madrileño, Alcorcón, que en 2015 realizó unas declaraciones absolutamente lamentables. David Pérez, durante un congreso de educadores católicos, dijo que el feminismo es un movimiento «rancio, radical, totalitario» y las mujeres que lo defienden son «fracasadas, amargadas y rabiosas». Desafortunado, insensato e imprudente, como poco. El alcalde de Alcorcón ha pedido disculpas aunque de poco le ha servido puesto que el debate está abierto y es este un asunto que provoca malestar generalizado. Entre hombres y mujeres. Porque no hay que ser mujer para sentirse incómodo y ofendido escuchando algo semejante.

Por si faltaba algo, la portavoz de Equidad, Derechos Sociales y Empleo del PP, Beatriz Elorriaga, no ha dudado en defender la postura de su compañero de filas. Algo que, ni siquiera, las mujeres afines al PP pueden entender.

En cualquier caso, David Pérez tendrá que resolver este problema como mejor pueda. Lo tiene difícil y puede llegar a perder su cargo.

No hay que irse hasta Alcorcón para escuchar discursos tan ofensivos. En cualquier punto de la geografía española podemos encontrar casos parecidos. Igual de desafortunados con las mujeres. Si utilizamos la hemeroteca, tal y como han hecho algunos miembros de Podemos para denunciar las palabras de David Pérez, encontramos grandes dosis machistas entre los políticos españoles. Javier León de la Riva, edil vallisoletano, hablaba de la que fue ministra de Sanidad, Leire Pajín, diciendo que era «una chica preparadísima, hábil y discreta, que reparte condones a diestro y siniestro. Cada vez que veo esa cara y esos morritos pienso lo mismo, pero no lo voy a decir». El que fue presidente del Gobierno de España, José María Aznar, colocó un bolígrafo, a modo de contestación, en el escote de la periodista que quería formular una pregunta. Era Marta Nebot que se preguntó si, en el caso de haber sido un hombre, se lo hubiera colocado en la bragueta. Y, como último ejemplo, Alfonso Guerra se refería a Soledad Becerril describiéndola como «Carlos II vestido de Mariquita Pérez». Diario 16, atribuyó a Guerra, además, una frase tremenda: «Hay que convivir con la economía sumergida como con algunas mujeres: no se la puede eliminar por decreto». Con estos tres ejemplos hay suficiente aunque la lista es interminable.

Y, hoy, cuando la lucha contra la violencia de género es más que importante, convendría que las personas con cierta relevancia en la sociedad española, con presencia en los medios de comunicación o que ostentan un cargo público, tuvieran un mínimo de cuidado al realizar manifestaciones que pueden profundizar en un problema, el de los ataques físicos y psicológicos a las mujeres, que la gran mayoría de españoles prefiere que se elimine definitivamente.


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