jueves, 19 octubre 2017
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Unidad y coherencia

12 oct 2017 / 23:14 h - Actualizado: 12 oct 2017 / 23:14 h.
  • Unidad y coherencia

Todavía hay quien se sorprende de la actitud de Pablo Iglesias respecto al disparate independentista que lidera el president de la Generalitat. Sin embargo, no puede causar extrañeza nada de lo que Iglesias pueda hacer. Los políticos depredadores, los políticos ventajistas y los que no tienen ideas sólidas que llevar a efecto, siempre fueron impredecibles.

De entrada, no comprende ni comprenderá que, los más de cinco millones de votantes que le apoyaron en las pasadas elecciones, no depositaron su papeleta en la urna como gesto de entrega de un cheque en blanco y al portador. Cuando Iglesias dice que él representa a esos votantes y decide arrimarse al independentismo catalán ofreciendo oxígeno a los golpistas parece que se arroga un papel que nadie le ha pedido y da por hecho que esos que le apoyaron estarán de acuerdo con lo que dice y hace sin rechistar. Si la situación política que vivimos en España, hija de una crisis económica sin precedentes, fuera normal, sin duda, en las siguientes elecciones Podemos se derrumbaría. Porque la falta de sentido de Estado que demuestran los dirigentes de esta formación es lamentable.

Después de producirse la comparecencia de Rajoy en el Congreso de los diputados para explicar que se había requerido a Puigdemont que aclarase si había declarado o no la independencia de Cataluña, la portavoz de Podemos en el Congreso dedicó todo su esfuerzo dialéctico a decir que era Rajoy el que ponía las cosas difíciles (sin hacer mención a que son los independentistas catalanes los que están fuera de la ley y los que acercan a la democracia española y a sus instituciones a un precipicio de fatales consecuencias) y que el PSOE se convertía en un partido que no apostaba por el diálogo ni por las libertades de la ciudadanía (sin hacer mención a que la postura de Pedro Sánchez es la única constructiva apostando por la vuelta a la normalidad democrática y pactando una reforma Constitucional con el foco centrado en la búsqueda de un encaje territorial que permita la vida en paz y concordia de todos los españoles). Mayor bajeza es difícil de encontrar en política. Sólo puede compararse a los abucheos que soportó el Rey cuando se intentaba rendir homenaje a las víctimas del último atentado de Barcelona (en esta ocasión eran los okupas, ahora parlamentarios catalanes, los protagonistas) o a convertir las instituciones democráticas en una especie de salón social en el que uno puede vestir de forma inapropiada y utilizar un lenguaje soez. Más bajeza política en todos sus aspectos era inimaginable hace unos años.

Puigdemont es la estrella de la fiesta independentista, pero Iglesias es ese invitado que es llamado para que acuda y lleve las botellas de oxígeno que hacen falta porque no queda aire. La inestimable ayuda de Ada Colau, siempre ambigua, siempre manejando un discurso que quiere aparentar paz y concordia, pero que utiliza para facilitar las cosas a los que buscan destruir la democracia, está siendo fundamental.

Sería recomendable que, ahora que todas las miradas y todos los esfuerzos se centran en el problema generado por los independentistas catalanes, el Gobierno de la nación comenzase a trabajar, junto con los autonómicos, para crear confianza entre los españoles, diseñando, pactando y firmando planes de empleo de calidad, para hacer que las empresas logren una estabilidad que les permita crear riqueza que se pueda distribuir de forma racional. El problema catalán no debe diluir otras cosas que son, efectivamente, las que han generado un clima perfecto para que el populismo y el nacionalismo se hayan instalado en la sociedad como posibles soluciones a los problemas.

Que el Partido Popular, el PSOE y Ciudadanos, se encuentren unidos ante un golpe a la democracia de enormes y tóxicas consecuencias, debería servir para marcar un camino que llevase a construir un país estable del que todos los españoles se sientan orgullosos. Es necesario.


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