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Una enfermedad latente

Así me destrozó la vida el amianto

Seis afectados por las partículas cancerígenas cuentan cómo han enfermado o visto morir a familiares en la fábrica, en el barrio o por lavar ropa

20 oct 2017 / 21:54 h - Actualizado: 21 oct 2017 / 12:43 h.
  • Algunos de los afectados sostienen los estatutos de Avida. / Jesús Barrera
    Algunos de los afectados sostienen los estatutos de Avida. / Jesús Barrera

Un grupo de afectados por las microscópicas partículas del amianto, todavía relativamente sanos, de la Asociación De Víctimas del Amianto-Andalucía (Avida) –los más graves, con cáncer, declinan hablar ya con los medios de comunicación– citan a este periódico y a El Correo TV en el Hogar del Pensionista de Bellavista, no lejos de donde se levantaba la fábrica de Uralita que envenenó a no pocos de ellos.

«Cada año mueren entre cinco o seis afectados», explica el presidente de Avida, Antonio Delgado. Muchos de estos afectados han pasado décadas en contacto con las microscópicas partículas, pero ya han fallecido de cáncer fulminante otros que apenas prestaron servicio durante seis meses. Y en la conversación flota la sombra de quienes van quedando por el camino y ya no pueden prestar su testimonio. El último, «Rueda», apellido de un afectado por cáncer de laringe, que algunos de los asistentes a la cita todavía daban por vivo.

Una cuenta de trabajadores muertos que comenzó hace muchos años, cuando todos los reunidos trabajaban, pero notaban que algo pasaba. Que personas reclutadas sanas tras un riguroso examen que descartaba a enfermos pulmonares enfermaban a los pocos años y acababan muriendo.

Las partículas de Uralita afectaron tanto a quienes las cogían con las manos desnudas y sin mascarillas como a quienes trabajaban en la oficina. Mataron –de cáncer, en este caso concreto– hasta al médico de empresa que echaba la culpa al tabaco que fumaban los operarios y enmascaraba como bronquitis sus asfixias por asbestosis

Delgado teme que con el cierre de Uralita el problema no haya quedado resuelto y quede tela que cortar en el futuro: «Los trabajos de desamiantado los hacen pequeñas empresas. Faltan medidas de protección, revisiones médicas o la supervisión del Estado». También critica que Uralita, filial de un grupo europeo que antes de los 70 conocía los efectos nocivos del amianto, tardó muchos años en tomar medidas en España «a sabiendas». Y que, una vez cerrada la fábrica en Bellavista, el negocio del amianto siga en Suramérica y África.



MANUEL CASTILLEJA
«Me sacaba el polvo venenoso de la boca»

«Entré en Uralita en 1965. Tengo 77 años. He trabajado allí durante 29 años, desde el primer día al último allí donde más polvo de amianto había. Lo he llegado a coger con las manos durante 14 años, y durante otros seis estuve descargando camiones de amianto en las horas extras. Me he llegado a quitar ese polvo de la boca, y en los últimos años comencé a ver cómo iban muriendo compañeros, sobre todo los que estaban empleados en los molinos, que iban falleciendo de asbestosis con 40 o con 50 años. Yo estoy entre los que peor estado de salud tiene ahora entre los que quedamos vivos: me ahogo y no puedo hablar. Vivo en un segundo piso y no puedo subir las escaleras. Los vecinos me ven arrastrarme. Tengo asbestosis y me ven cada seis meses en el hospital. Cada día voy a peor. Además el amianto me ha afectado la bolsa que rodea el corazón, y no lo deja latir. Pese a todo esto, no me prejubiló a los 53 años el amianto, sino que lo hicieron dos hernias discales. Los síntomas comenzaron dos años después de que dejara Uralita. Me acompañó un día mi mujer al médico, y el doctor me dio dos años y medio de vida si no dejaba el tabaco. Así que cogí el paquete que llevaba, con todo lo que me gustaba fumar, y lo tiré a la papelera. Eso pasó hace ya 23 años», explica entre toses este antiguo empleado en el Hogar del Pensionista de Bellavista.



MIGUEL ALONSO PÉREZ
«Llegábamos sanos y revisados, pero nos iban enfermando año a año»

«Antes de hablar de cómo me afectó el amianto a mí tengo que recordar que se llevó a dos seres queridos: a mi padre y a mi tío apenas pasaron de los 50 años, a causa de sendos mesoteliomas (un tipo de cáncer). Yo llegué en 1968, recién salido de la mili. Entonces en Uralita no entraba cualquiera. Se hacía un reconocimiento médico exhaustivo para descartar cualquier candidato con problemas respiratorios, así que si te colocabas allí estabas muy sano. Sin embargo todos enfermamos. Yo he visto en 30 años cómo se iba deteriorando mi salud. El médico de empresa se limitaba a decirme: ‘Miguel, deja el tabaco’. Y como le contestaba que no fumaba, primero hacía un gesto y después me iba diagnosticando que lo que tenía eran sucesivas bronquitis. Mi puesto era de tornero, fabricaba los tubos de uralita, e inhalaba mucho polvo. Solo cuando la fábrica cierra me dicen que lo que tengo es profesional... para que se ocupe de mí la Seguridad Social después de que la empresa se haya estado ahorrando los costes al ocultar mi diagnóstico», explica Miguel después de volver a la sala del Hogar del Pensionista. Mientras este periódico entrevistaba a otro de sus compañeros tuvo que salir, dando bandazos, por una súbita molestia. Pero al poco regresó para poder ofrecer su testimonio. Avida asegura que la Seguridad Social no tiene calculado cuántos enfermos hay de asbestosis u otras enfermedades relacionadas con la inhalación de amianto, un cálculo difícil por todos los extrabajadores que se han ido a sus pueblos a enfermar en silencio. Ya desde los años 70, los estudios europeos que no se tenían en cuenta en España calculaban que si lo habitual en cualquier industria era un 40% de enfermedades profesionales, en el ramo del amianto la cifra se elevaba al 70%. Por Uralita han pasado unas 2.000 personas a lo largo de toda su historia, según cálculos de Avida, y la enfermedad puede recrudecerse en pocos días. «A lo mejor dentro de un mes alguno de nosotros está en la lista [de fallecidos]», tercia en la conversación Antonio Delgado. «La legislación está muy por detrás de la realidad, pero también la formación de los médicos. Cada vez que llega un neumólogo nuevo a Valme temblamos».



JOSÉ BOHÓRQUEZ
«A mi hija le operaron un pulmón con atelactasia»

«Entré en Uralita en 1962 con 15 años y he estado allí 37 años como electricista y mecánico, hasta 1999. Me metía en todas las máquinas averiadas, por supuesto con polvo de amianto hasta donde no te lo crees. Es que llegábamos a trabajar a las seis de la mañana y el patio de la fábrica estaba como nevado de amianto, hasta la bola de polvo... tal es así que una de mis hijas, que iba al colegio de monjas pegado a la empresa, se ha tenido que operar de un pulmón con los años, por culpa de una atelactasia, que solo produce el amianto. Ha tenido suerte y lo han pillado a tiempo, pero ya tiene un trozo de pulmón menos. Yo me reviso en [el Hospital de] Valme todos los años. Tengo EPOC, vivo en un tercero y no subo ni un piso sin descansar. Creo que el médico se equivoca y que tengo asbestosis. Pese a que fumaba, lo que me pasa dudo que sea por culpa del tabaco.



JUAN CARLOS ATIENZA
«Me tuve que prejubilar a los 50: me ahogaba»

«Entré en la fábrica en 1963 y después de trabajar me dedicaba a descargar camiones de amianto durante cuatro o cinco horas más, hasta que me prejubilé porque me asfixiaba, me ahogaba. Tenía 50 años y en un reconocimiento médico me dijeron que tenía asbestosis y que era mejor que dejara el trabajo. Ahora estoy relativamente bien a mis 77 años: no puedo subir escaleras, no tengo capacidad pulmonar, pero no es una asbestosis severa y todos los años paso un reconocimiento hospitalario». Avida reclama una solución como las de Francia y otros países: crear un fondo de indemnizaciones a cargo del Estado y las empresas fabricantes al 50 por ciento. Porque las jubilaciones de los extrabajadores se limitan, expone la asociación, a lo que perciben como afectados por enfermedad profesional, sin ninguna compensación por haberse dejado la salud al trabajar con altas concentraciones de amianto.



ANTONIO DELGADO
«Dependo del ventolín, que causa adicción»

«Entré a trabajar en Uralita con la misma edad y el mismo día que José Bohórquez. Las medidas de protección llegaron a Uralita tarde y además, no para todo el mundo. A mí no me las dieron y acabé prejubilado en 1993 con asbestosis, esta enfermedad lenta, progresiva e irreversible: mi capacidad torácica disminuye cada día y siempre llevo a mano el ventolín [un inhalador]. Pero claro, no lo puedo usar cada vez que me asfixio porque crea adicción y entonces deja de servir. Solo está para situaciones límite, cuando, como decimos nosotros, me quedo pillado, sin romper ni para fuera ni para dentro, al borde de la muerte por asfixia. Uno de los directores de Uralita también murió de cáncer. El médico de empresa también. Además, la asbestosis tiene una fuerte carga psicológica: como afecta a todos los aspectos de tu vida, es duro y tiene consecuencias ver que no tienes aliento para completar tareas normales».



RAFAEL VELÁZQUEZ
«Mi mujer murió por haber jugado de niña con el amianto»

«Me pregunta por mi contacto con el amianto y no tengo ninguno. Quien lo tuvo fue mi señora, Ana. Hace ocho años comenzó a sentir molestias. Trabajaba en el Hospital Virgen del Rocío y comenzó que se asfixiaba a un médico. Cuando le hacen una radiografía al doctor se le cambió la cara. Se alarmó. Aparecían síntomas de cáncer en forma de una mancha negra en uno de los pulmones, y le hicieron una biopsia sobre la marcha. Y le preguntó: ‘Ana ¿qué relación tienes con el amianto?’. Ella recordó: ‘Siendo niña, junto a mi barrio [Fuente del Rey, Dos Hermanas] había un vertedero de amianto. Los niños de en torno a los 10 años pisábamos el polvo para compactarlo cuando lo descargaban los camiones y se quedaban las calles cubiertas. Salíamos cubiertos enteros de ese polvo blanco’. A los 15 días de la radiografía ya le estaban dando quimioterapia, pero ella no aguantó el tratamiento. Tenía un mesotelioma que no era ni operable ni curable. Pasó cuatro años de padecimientos. Figúrese soportar eso. Al final, después de cambiarle el tratamiento por pastillas porque no podía mas, la quisieron llevar a la unidad de cuidados paliativos, tras tener encharcados los dos pulmones y afectada la membrana del corazón. En ese momento nos la llevamos a casa. Duró 20 días y le pudimos dar la calidad de vida que pudimos, explica este viudo, desconsolado, y asombrado de que no hace tanto los críos de la periferia de Sevilla jugaran con los desechos del letal polvo blanco. Los afectados se quejan de que los médicos de familia no están entrenados para detectar estos cánceres, que comienzan con un dolor en un costado con apariencia de molestia muscular o luxación. Cuando llegan los segundos síntomas los médicos ya no pueden hacer nada y los pacientes se van en 15 días.


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